Hay una generación de clase media que estudió en buenos colegios, es fluente en otras lenguas, viajó para el exterior y tuvo acceso a la cultura y a la tecnología. Una generación que tuvo mucho más de lo que tuvieron sus padres. Al mismo tiempo, creció con la ilusión de que la vida es fácil. O que ya nacieron listos, solo bastaría que el mundo reconociese su genialidad.
Me he encontrado con jóvenes que esperan tener en el mercado laboral una continuación de sus casas, donde el jefe sea un padre o una madre complaciente, que les acepte todo. Fueron educados a pensar que merecen todo eso que quieren. Y cuando eso no sucede –porque generalmente no pasa- se siente traicionados, se sublevan con la injusticia y una gran parte se enfada y desiste.
Como esos debutantes en la vida adulta fueron niños y adolescentes que recibieron todo, sin tener que luchar por casi nada relevante, desconocen que la vida es construcción; y para conquistar un espacio en el mundo es necesario también un poco de sacrificio. Con ética y honestidad; y no a los berrinches y gritos. Como sus padres no pudieron decirlo, es el mundo que anuncia a ellos una nueva y no muy animadora: vivir es para los que no desfallecen.
¿Por qué una gran parte de esa nueva generación es así? Pienso que es un cuestionamiento importante para quien está educando hoy, a un niño o adolescente. Nuestra época ha sido marcada por la ilusión de que la felicidad es una especie de derecho. Y tengo testimonio de la angustia de muchos padres para garantizar que los hijos sean “felices”. Padres que hacen acrobacias para dar todo a los hijos y protegeros de todas las complicaciones, sin esperar alguna responsabilidad o reciprocidad.
Es como si los hijos naciesen e inmediatamente los padres se volvieran sus deudores. Para estos, frustrar a los hijos es sinónimos de fracaso personal. Sin embargo, ¿es posible una vida sin frustraciones? ¿No es importante acaso que los hijos comprendan como parte del proceso educativo dos premisas básicas del vivir, la frustración y el esfuerzo? ¿O la falta y la búsqueda, como dos fases de un mismo movimiento? ¿Existe alguien que viva sin confrontarse día tras día con los límites tanto de su condición como de sus capacidades individuales?
Nuestra clase media parece despreciar el esfuerzo. Prefiere la genialidad. El valor está en el don, en aquello que ya nació con ellos. Decir que alguien se esfuerza es casi una ofensa. Tener que dar todo para conquistar algo parece ya venir marcado con el sello de perdedor. Chévere es el que no estudió, pasó la noche en la discoteca y fue admitido en medicina. Este ratifica la excelencia de los genes de sus padres. Esforzarse es, en lo máximo, cosa para los hijos de las clase baja, que aun necesitan asegurar su lugar en la sociedad.
De la misma forma que supuestamente sería posible construir un lugar sin esfuerzo, existe la creencia no menos fantasiosa de que es posible vivir sin sufrir. De que los dolores inherentes a la vida son una anomalía, y como percibo en muchos jóvenes, una especie de traición al futuro que debería estar garantizado. Padres e hijos han pagado caro la creencia de que la felicidad es un derecho. Y la frustración un fracaso. Tal vez ahí esté la pista para comprender la generación del “yo merezco”.
Basta andar por este mundo para ver el rostro de miedo y dolor de jóvenes al descubrir que la vida no es como los padres les habían prometido. Expresión que de repente muda en disgusto. Y lo peor es que sufren terriblemente, porque poseen muchas habilidades y herramientas, pero no tienen la menor preparación para lidiar con el dolor y las decepciones. Ni imaginar que vivir es también tener que aceptar las limitaciones, y que nadie por más brillante que sea consigue todo lo que quiere. Nadie descubre que vivir es complicado cuando crece o debería crecer, solo en ese momento en que la condición humana frágil e imperfecta, comienza a manifestarse en él ante la confrontación con la realidad. Desde siempre sufrimos. Y vamos a sufrir si no damos espacios para hablar de la tristeza y la confusión.
Me parece que esto es lo que ha sucedido en muchas familias: si la felicidad es un imperativo, el ingrediente principal del paquete completo que los padres supuestamente deben garantizar a los hijos para ser considerados exitosos ¿Cómo hablar de dolor, de miedo y de la sensación de sentirse desencajado? No hay espacio para nada que sea de la vida, que pertenezca a las angustias de crecer dudando de su lugar en el mundo, porque eso sería un reconocimiento de la falencia del proyecto familiar construido sobre la ilusión de la felicidad y la integridad.
Cuando lo que no puede ser dicho se vuelve síntoma -ya que nadie está dispuesto a escuchar significaría examinar las decisiones y reconocer equivocaciones- lo más fácil es callar. Y se evidencia entonces cada vez más la inconformidad con los hijos que no se comportan según el manual. Así, la familia puede tocar lo cotidiano sin que nadie necesite mirar para alguien dentro de ella.
Si los hijos tienen el derecho a ser felices simplemente porque existen –a los padres les correspondería garantizar ese derecho- ¿Qué tipo de relación podrían tener entonces los padres e hijos? ¿Cómo sería posible establecer un vínculo genuino si el sufrimiento, el miedo y las dudas están previamente fuera de él? Si la relación está construida sobre la ilusión, solo es posible fingir.
A los hijos les corresponde fingir la felicidad –y, como no consiguen, comienzan a exigir cada vez mas de todo, especialmente cosas materiales, pues estas son más fáciles de alcanzar- y a los padres les corresponde fingir la posibilidad de garantizar la felicidad lo que saben íntimamente que es una mentira porque la sienten en carne propia al final del día. Es por los objetos de consumo que la novela familiar se ha desenvuelto, donde “los padres hacen de cuenta que dan lo que nadie puede dar, y los hijos simulan recibir lo que solo ellos pueden buscar”. Por eso es necesario crear una nueva demanda para mantener el juego funcionando.
El resultado de eso son padres e hijos angustiados, que van a convivir una vida entera, pero que a pesar de esto se desconocen. Y por lo tanto, están perdiendo una gran oportunidad. Todos sufren mucho en ese teatro de desencuentros anunciados. Y sufren más porque necesitan fingir que existe una vida en que todo se puede. Y creer que todo se puede es el atajo más rápido para llegar no a la frustración que mueve sino a aquella que paraliza.
Cuando converso con esos jóvenes en el borde de la vida adulta, con sus inmensas posibilidades y riesgos tan grandiosos, noto que necesitan mucho de realidad. Con todo lo que la realidad es como tal. Si, asumir la narrativa de la propia vida es para quien tiene coraje. No es complicado porque usted va a tener competidores con habilidades iguales o superiores a las suyas, sino porque se torna aquello que se es, buscar la propia voz, es escoger una ruta llena de desvíos sin ninguna certeza de llegada. Es vivir con dudas y tener que responder por las propias decisiones. Pero es en ese movimiento que la gente se hace gente grande.
Sería genial que los padres de hoy entendieran que tan importante como una buena escuela o un curso de idiomas o un iPad es decir de vez en cuando: “hijo, siempre podrás contar conmigo, pero ese problema es tuyo y tu verás cómo sales de él”. Así como sentarse en la cena y hablar de cómo es la vida: “mira, mi día fue difícil” o “tengo dudas, tengo miedo, estoy confundido” o “no sé qué hacer, pero estoy intentando averiguarlo”. Porque aparentar que está todo bien puede significar decirle a su hijo que usted no confía en él ni lo respeta, ya que lo trata como un imbécil, incapaz de comprender la complejidad de la existencia. Es tan malo como encender la televisión con un volumen lo suficientemente alto para que nada amenace la fragilidad del equilibrio doméstico pueda ser dicho.
Ahora, si los padres mintieron que la felicidad es un derecho y su hijo merece simplemente todo por existir, paciencia. De nada va a servir lloriquear ni enfadarse al descubrir que va a tener que conquistar su espacio en el mundo sin ninguna garantía. Lo mejor es tener coraje. Sea la decisión de luchar por su deseo –o para descubrirlo-, sea la de abrir la mano de él. Y no culpar a nadie porque eventualmente fue como debía ser, porque con seguridad va a salir mal muchas veces. O transferir para el otro la responsabilidad de su renuncia.
Crecer es comprender que el hecho de que la vida siempre tenga vacíos no la hace menor. Si, la vida es insuficiente. Pero es lo que tenemos. Y es mejor no perder el tiempo sintiéndose injustificado porque un día ella se termina.
Traducción al español de la columna Meu filho, você não merece nada publicada en la revista Época el 9 de agosto del 2011. Se reservan todos los derechos al autor.
