domingo, 20 de mayo de 2018

El swing del melo-liberalismo



En el año 1862, la Proclamación de Emancipación demandaba que todas las personas mantenidas como esclavos, inclusive y máxime en las regiones tiranas, debían ser libres a partir de este momento. Ésta habría sido la gran victoria de Abraham Lincoln en su segundo año como presidente de los Estados Unidos, pero 3 años más tarde, al fin triunfal de la guerra civil con la suscripción de La Decimotercer Enmienda, logró poner fin a la esclavitud. Probablemente una de las causas primordiales del pensamiento liberal: defender la igualdad de un ciudadano ante la ley, y no precisamente “Ante la Ley” de Kafka.

La libertad decretada en papel a más de 4 millones de esclavos, no les garantizó igualdad ni justicia cabal, pero sí la suficiente para disponer de sus cuerpos libres en la conformación de una incipiente sociedad heterogénea. A inicios del siglo XX la exposición a los haberes del revitalizado gobierno de posguerra incentivó una onda creadora desde la libertad de sus mentes, que conjugada a su riqueza inmaterial preservada con cauteloso esfuerzo por siglos, generó una sinergia indómita que no respetó reglas ni parámetros a la hora de crear.

Sus manos habían pasado de los rudimentarios elementos resonantes reservados para la juerga dominical a un sinfín de instrumentos de diferentes familias, materiales y tonalidades, provistos de instructivos y conocimientos imprescindibles para occidente. Las fiestas y salones de baile eran exclusivos de perimetres blancos americanos que se movían cadenciosamente al son del los acompasados, métricos, estrictos y sacros géneros; esto sólo cuando la consagración a la música de Europa permitía un intervalo de exaltación recatada.

Al mismo tiempo, en los suburbios, las manos y mentes libres descomponían, reconstruían e instauraban a partir de su sensibilidad e interpretación las bases de lo ya constituido. Rompieron las cadenas de motivos y melodías, que se supeditaban a la rigurosidad de la institución y a una lectura pentagrámica, para pulular libremente entre escalas y ritmos espontáneos, dionisiacos. Esta amalgama de magia creadora se devino en el swing, que no era más que un encantamiento rítmico con acceso directo al cuerpo, en el cual encendía una voluntad emancipadora de moverse.

¡La música del diablo! ¡Quieren convertirnos en una selva africana! Objetó la ortodoxa sociedad americana, haciendo un llamado a las buenas costumbres y modos de la raza blanca. En efecto, esta música despertaba en los ambulantes y espectadores una susceptibilidad al comportamiento inmoral. No deliraba Platón al haber conjeturado que en algún momento la música sería prohibida, por su llamamiento a las emociones y exclusión de la razón.

Al ritmo paquidérmico que han avanzado en la historia las premisas liberales por celar la libertad de pensamiento, conciencia, expresión y reunión; reculó la oposición que obstinadamente pretendía someter las manifestaciones instintivas y terrenales inherentes al ser humano. El swing del melo-liberalismo afroamericano salió de los burdeles y muladares para iniciar su diáspora por los Estados Unidos, reconfortando las aflicciones de la Gran Guerra y procurando una razón para reír, bailar, beber y sobreponerse a la crisis de 1929; enviando a todo occidente un precedente de este arquetipo naciente.

Mientras los brokers desahuciados saltaban por las ventanas de los rascacielos del Lower Manhattan, más allá de las fronteras del sur, en una “tierra de placeres, de luz y alegría”, levantado con guineo y ñame, entre el empirismo consagrado y la instrucción musical disponible, un pelao'e 17 años extraordinariamente diestro en la interpretación de vientos de lengüeta y boquilla, desprendía una estela de talento y genialidad que parecía una estrella.

Tradicionalmente los vientos, en particular la trompeta y el clarinete, ya tenían un protagonismo cautivador en las músicas autóctonas de las tierras bajas de Córdoba, Bolívar y Sucre. Pero quizá la continuidad mesurada de la herencia musical no hubiese tenido un punto de inflexión determinante en la interpretación del espíritu nacional, si el acervo sonoro compilado en los primeros años por el ilustre carmero no se hubiera prestado sin suspicacia alguna a la fusión con los conocimientos musicales obtenidos en el conservatorio.

En su madurez musical, este compositor, director, intérprete y arreglista desarrolló una línea melódica codificando los elementos necesarios para urdir aquel punto de inflexión. La tradicionalista sociedad colombiana no estaba preparada para recibir una dosis de resonancias disruptivas que reivindicaban el folclor con sonidos novedosos y ritmos que enriquecían consumadamente la música colombiana en tiempos en que prevalecía de manera generalizada la admiración por el espíritu eurocéntrico y se tendía a la marginalización de los sonidos propios.

¡Es una merienda de negros! ¡Música que hace que la gente se arrebate! Alzó la voz la sociedad, resistiendo a esa música montaraz que incitaba al desorden y al desenfreno alcohólico y sexual. Pero ante la inherente lascivia latina, el swing del melo-liberalismo de la música, que interpretada por papayera jaleando con los oyentes, en un instante podía convertirse en una big-band de tarima, dijo: llegué para quedarme. Si no, ¿Dónde hubieran encontrado nuestros connacionales razones para reír, bailar, beber y sobreponerse a la guerra de los partidos y acto seguido al aniquilador del estado de derecho: El Frente Nacional?

Los años pasaron y estas corrientes pioneras de los Estados Unidos y Colombia se derivaron en numerosos ritmos, géneros y sonidos que al día de hoy resultaría estéril tratar de definirlos y agruparlos inequívocamente. Sin embargo, de manera análoga en nuestros días las pretensiones de algunas aristas de la sociedad en separar lo culto de lo popular, lo excelso de lo inmoral, en determinar lo que vale más y lo que vale menos, pareciera no perder vigor.

El pensamiento liberal propende a que el estado no interfiera en las creencias morales y religiosas de la gente, siempre que estas no afecten a otros en contra de su voluntad, y que a su vez éste garantice la no discriminación por cuenta de dichas creencias. La música, más que un rol social agenda aspectos espirituales propios de la aventura humana y la riqueza inmaterial de un territorio. Poder deleitarse con la herencia del swing, el ritmo que incita a moverse, es una manifestación divina de infinita misericordia con nosotros: los animales racionales.

Por eso pido a la Providencia, a la luz de las palabras del escritor Alejo Carpenter, tener la suficiente razón para ser siempre un melo-liberal; y tener el eclecticismo suficiente para “ser receptor de todo lo que tiene valor, lo realmente bueno (lo disfrutable) y auténtico” sin importar su procedencia, su llamado a la concupiscencia o clasificación. Pido que me conceda el discernimiento necesario para valorar la ocasión y la vocación de un motivo de la trompeta de Louis o del clarinete de Lucho, un riff champetú o un pegajoso motivo en el pariseo. Al fin y al cabo, todos han sido en algún momento parias, hijos del lenguaje de mentes liberadas, pioneras y rebeldes que un día dijeron: la multitud quiere un ritmo contagioso un swing liberal de perreo intenso.