En el año 1862, la Proclamación de Emancipación demandaba que
todas las personas mantenidas como esclavos, inclusive y máxime en las regiones
tiranas, debían ser libres a partir de este momento. Ésta habría sido la gran
victoria de Abraham Lincoln en su segundo año como presidente de los Estados
Unidos, pero 3 años más tarde, al fin triunfal de la guerra civil con la
suscripción de La Decimotercer Enmienda, logró poner fin a la esclavitud. Probablemente una de las causas primordiales
del pensamiento liberal: defender la igualdad de un ciudadano ante la ley, y no
precisamente “Ante la Ley” de Kafka.
La libertad decretada en papel a
más de 4 millones de esclavos, no les garantizó igualdad ni justicia cabal, pero
sí la suficiente para disponer de sus cuerpos libres en la conformación de una incipiente
sociedad heterogénea. A inicios del siglo XX la exposición a los haberes del revitalizado
gobierno de posguerra incentivó una onda creadora desde la libertad de sus
mentes, que conjugada a su riqueza inmaterial preservada con cauteloso esfuerzo
por siglos, generó una sinergia indómita que no respetó reglas ni parámetros a
la hora de crear.
Sus manos habían pasado de los
rudimentarios elementos resonantes reservados para la juerga dominical a un
sinfín de instrumentos de diferentes familias, materiales y tonalidades,
provistos de instructivos y conocimientos imprescindibles para occidente. Las
fiestas y salones de baile eran exclusivos de perimetres blancos americanos que
se movían cadenciosamente al son del los acompasados, métricos, estrictos y
sacros géneros; esto sólo cuando la consagración a la música de Europa permitía
un intervalo de exaltación recatada.
Al mismo tiempo, en los suburbios,
las manos y mentes libres descomponían, reconstruían e instauraban a partir de su
sensibilidad e interpretación las bases de lo ya constituido. Rompieron las
cadenas de motivos y melodías, que se supeditaban a la rigurosidad de la
institución y a una lectura pentagrámica, para pulular libremente entre escalas
y ritmos espontáneos, dionisiacos. Esta amalgama de magia creadora se devino en
el swing, que no era más que un encantamiento rítmico con acceso directo al
cuerpo, en el cual encendía una voluntad emancipadora de moverse.
¡La música del diablo! ¡Quieren
convertirnos en una selva africana! Objetó la ortodoxa sociedad americana,
haciendo un llamado a las buenas costumbres y modos de la raza blanca. En
efecto, esta música despertaba en los ambulantes y espectadores una susceptibilidad
al comportamiento inmoral. No deliraba Platón al haber conjeturado que en algún
momento la música sería prohibida, por su llamamiento a las emociones y
exclusión de la razón.
Al ritmo paquidérmico que han
avanzado en la historia las premisas liberales por celar la libertad de
pensamiento, conciencia, expresión y reunión; reculó la oposición que
obstinadamente pretendía someter las manifestaciones instintivas y terrenales
inherentes al ser humano. El swing del melo-liberalismo afroamericano salió de
los burdeles y muladares para iniciar su diáspora por los Estados Unidos, reconfortando
las aflicciones de la Gran Guerra y procurando una razón para reír, bailar,
beber y sobreponerse a la crisis de 1929; enviando a todo occidente un
precedente de este arquetipo naciente.
Mientras los brokers desahuciados saltaban por las ventanas de los rascacielos
del Lower Manhattan, más allá de las fronteras del sur, en una “tierra de placeres, de luz y alegría”, levantado
con guineo y ñame, entre el empirismo consagrado y la instrucción musical
disponible, un pelao'e 17 años extraordinariamente diestro en la interpretación
de vientos de lengüeta y boquilla, desprendía una estela de talento y
genialidad que parecía una estrella.
Tradicionalmente los vientos, en
particular la trompeta y el clarinete, ya tenían un protagonismo cautivador en
las músicas autóctonas de las tierras bajas de Córdoba, Bolívar y Sucre. Pero
quizá la continuidad mesurada de la herencia musical no hubiese tenido un punto
de inflexión determinante en la interpretación del espíritu nacional, si el
acervo sonoro compilado en los primeros años por el ilustre carmero no se
hubiera prestado sin suspicacia alguna a la fusión con los conocimientos musicales
obtenidos en el conservatorio.
En su madurez musical, este
compositor, director, intérprete y arreglista desarrolló una línea melódica
codificando los elementos necesarios para urdir aquel punto de inflexión. La tradicionalista
sociedad colombiana no estaba preparada para recibir una dosis de resonancias
disruptivas que reivindicaban el folclor con sonidos novedosos y ritmos que
enriquecían consumadamente la música colombiana en tiempos en
que prevalecía de manera generalizada la admiración por el espíritu
eurocéntrico y se tendía a la marginalización de los sonidos propios.
¡Es una merienda de negros!
¡Música que hace que la gente se arrebate! Alzó la voz la sociedad, resistiendo
a esa música montaraz que incitaba al desorden y al desenfreno alcohólico y
sexual. Pero ante la inherente lascivia latina, el swing del melo-liberalismo
de la música, que interpretada por papayera jaleando con los oyentes, en un
instante podía convertirse en una big-band de tarima, dijo: llegué para quedarme.
Si no, ¿Dónde hubieran encontrado nuestros connacionales razones para reír,
bailar, beber y sobreponerse a la guerra de los partidos y acto seguido al aniquilador del
estado de derecho: El Frente Nacional?
Los años pasaron y estas
corrientes pioneras de los Estados Unidos y Colombia se derivaron en numerosos
ritmos, géneros y sonidos que al día de hoy resultaría estéril tratar de
definirlos y agruparlos inequívocamente. Sin embargo, de manera análoga en
nuestros días las pretensiones de algunas aristas de la sociedad en separar lo
culto de lo popular, lo excelso de lo inmoral, en determinar lo que vale más y lo
que vale menos, pareciera no perder vigor.
El pensamiento liberal propende a
que el estado no interfiera en las creencias morales y religiosas de la gente,
siempre que estas no afecten a otros en contra de su voluntad, y que a su vez
éste garantice la no discriminación por cuenta de dichas creencias. La música,
más que un rol social agenda aspectos espirituales propios de la aventura
humana y la riqueza inmaterial de un territorio. Poder deleitarse con la
herencia del swing, el ritmo que incita a moverse, es una manifestación divina
de infinita misericordia con nosotros: los animales racionales.
Por eso pido a la Providencia, a
la luz de las palabras del escritor Alejo Carpenter, tener la suficiente razón
para ser siempre un melo-liberal; y tener el eclecticismo suficiente para “ser receptor de todo lo que tiene valor, lo
realmente bueno (lo disfrutable) y
auténtico” sin importar su procedencia, su llamado a la concupiscencia o
clasificación. Pido que me conceda el discernimiento necesario para valorar la ocasión
y la vocación de un motivo de la trompeta de Louis o del clarinete de Lucho, un
riff champetú o un pegajoso motivo en
el pariseo. Al fin y al cabo, todos han
sido en algún momento parias, hijos del lenguaje de mentes liberadas, pioneras
y rebeldes que un día dijeron: la multitud quiere un ritmo contagioso un swing liberal
de perreo intenso.