viernes, 20 de octubre de 2023

Escobar y Arango

La historia de la sociedad montañera del centro-occidente andino colombiano, podría contarse desde la relevancia e influencia de los apellidos y sus familias. En Rosúcio -por ejemplo- no es lo mismo haber nacido siendo un Bueno, que un Motato o un Naranjo o un Largo. Al mismo tiempo cualquiera de esos rosuceños, -dígase los nacidos en el pueblo como los que se dan el lujo de nacer en cualquier parte del mundo- también terminamos cargando con el peso de la oriundez.

Cuando el rosuceño, va a Manizales, sufre la frialdad elitista por no ser de la capital caldense, porque como dicen en Medellín, es que los manizalitas (cosa que me emputa, poque se dice manizaleños) se creen de oro. Pero en Pereira, la situación no mejora, pues el rosuceño es de un pueblo de Caldas; y tras de pueblerinos, sufrimos el humor negro de la “Capital del Eje” donde dicen que lo mejor de Manizales -dígase Caldas- es la salida para Pereira. Digo yo, ¿Qué necesidad de competir, si la potencia del eje cafetero es su integralidad diversa cercana a todas las regiones del país?.

En Medellín, la cosa se complica aún más, porque si los manizaleños son de oro, los rosuceños somos de sal, de mimbre y de guarapo, y es por eso que terminamos sacrificando ese acentico híbrido ejecafeteriano subiéndole 10 de volumen y de cantado: para poder pasar desapercibido en la sociedad pujante de la gente trabajadora. Aun así, ni los paisas saben quiénes son los paisas de verdad, si sólo los de Medellín, o también cuentan los de la ZMVA, o el "Antioquia Federal", pero en todo caso todos* los que seamos de mas allá de La Pintada o de Jardín NO SON PAISAS, entonces que se inventen otro gentilicio menos aesthetic y pegajoso.

Pero ahí no acaba el lastre de ser rosuceño, porque en Bogotá, cualquier ciudadano de cualquier municipio es simplemente un provinciano, incluso los Manizaleños de Oro, los capitalinos del eje o los Paisas Paisas. Porque los bogotanos, rolos y cachacos son de la única gran ciudad cosmopolita: La Atenas Latinoamericana que, entre otras cosas, mantiene a flote lo que queda más allá del rio Bogotá y los cerros orientales. 

Por eso el apellido se volvió como una carta de presentación, pero no para todos. Pues para un rosuceño cuya pasión era escribir sobre la jocosidad e idiosincrasia acaecidos en la cordillera cuando la carretera no había llegado de Anserma o para el hijo del otrora telegrafista de Andes que terminó fundando el movimiento filosófico y/o poético más vanguardista de la mitad del siglo pasado, sus obras y oficios se eternizaron de tal forma que los apellidos no fueron más que la sonoridad de unos nombres que viven más allá de las lápidas. 

Pensaría uno que, nacer siendo un paisa con dos apellidos de peso, son signo garantizado del éxito, que ese halo de ascendencia es como tener un escudo de titanio para encarar la vida y las fragilidades que asoman a lo largo de cada etapa. Pero ni todo Escobar y Arango vive del abolengo, ni todo Trejos es Riosuceño, ni todo Navarro vive en la tierra fría ni todo Moreno emigró para Guamal.

El peso de los apellidos se desvanece en el ambiente, cuando el mensaje del sujeto es su vida misma, entonces las acciones y palabras del día a día verbales y escritas son un testimonio vivo de lo que es la pasión y la convicción de la bondad humana y la posibilidad infinita de las sinergias que traen las pequeñas causas. Escobar y Arango es la carta de presentación fonética, pero el influjo, el ejemplo y la inspiración que emite un lider más allá de su ascendencia, es la raíz misma de lo que será su descendencia, no sólo familiar, sino el impacto de la transformación generacional que trae a Antioquia, al Eje Cafetero, a Toda Colombia.

Imagen generada en mediante Imagine AI Art Generator

*Valga la redundancia