martes, 6 de febrero de 2024

La historia de Travesuras

Comienza con la historia de una prima. No diré su nombre, es innecesario, aunque quienes nos conozcan fácilmente podrían sacarla. En todo caso es que corría el año 2004, tiempo en el que, como ya se ha hablado, se compraba la leche después de que la bajaran de la tierra fría en cantinas de acero inoxidable para venderla menudeada en casas de familia que eran ventas de leche en la mañana.

A los mas pequeños los mandaban por la leche, y desde la ventana colonial de la Casa Grande, antes de las 8:15 empezaba el desfile de los bejamines de las familias del barrio Carabobo, Curramba y sus alrededores a circular hacia donde doña X la abuelita de Kevin ahí en toda la calle 10 con novena, empezando a bajar la falda de la galería. 



Entre esos mandaderos estaba Travesuras, un negrito bajito, crespo y langaruto parecido a “chupa sangre”, tan parecido que uno diría que emparentados estarían, y a quien no llamaban Travesuras por ser un Tom Sawyer imgruamensis sino porque hace mucho tiempo en una aglomeración de muchachos de pueblo en el parque de abajo, justo cuando todos se callaron, por decir Travesías, la vereda donde vivía Travesías, terminó diciendo en un costoso lapsus: Travesuras. 


Como cuando los astros de desalinean, la inminente cruz de la “chapa” lo bendijo eternamente con ese apodo. Así como a Vicente lo pusieron así por visajoso, a la Asesina por el coraje de haber bailado en soliloquio esa canción de la Factoría en un evento en el coliseo del colegio o a Meia por nunca haber podido decir media con la cadencia suficiente que requiere la pronunciación de la d. 

Travesuras vivía enamorado de mi prima, y cuando se la encontraba por la calle 10° o por el parque donde no pudo decir Travesías o por la iglesia, porque al igual que "chupa sangre" era aprendiz de sacristán, no desaprovechaba la oportunidad para exaltarle la belleza y cortejarla de maneras que hoy serian quizá políticamente incorrectas para este mundo tan progres y conservador al mismo tiempo.

Desafiando temerariamente la compostura que sugiere la Urbanidad de Carreño en su numeral XI del Artículo IV Del vestido que debemos usar dentro de la casa; yo, por supuesto sin bañarme, ventaneaba en la Casa Grande cuando apareció la inconfundible silueta de Travesuras a contra luz subiendo porla carrera 10°, y con perfecta sincronía convergió con la figura de mi prima saliendo a la otra ventana. Como siempre, él dijo lo suyo. 

Un rato después ella tomó la misma ruta hacia donde doña X, y al giro de la esquina ya venia Travesuras con sus 3 botellas de leche en la olla de agarraderas. Travesuras dijo lo suyo nuevamente, porque quizá no tuvo una lectura clara de su desventaja táctica, subestimó la determinación de una mujer enojada o simplemente por que al ser un hombre de fe, actuó así: sin miedo al éxito. 

Mi prima, seriamente molesta por la impertinencia de Travesuras. Lo increpa. Le pide que la respete y que deje de atormentarla con sus piropos de poca monta. Él, no es que haga mucho caso, o tampoco le interesa. Ella se acerca un poco más, pero no logra imponerse. Hay un manoteo sutil, y después de un jalón y un empujón. Luego, veo caer desde la ventana colonial de la Casa Grande, esas tres botellas de leche, servidas con el cucharón al que también por acto de fe le debíamos creer que servía 750ml exactos contando lo que se regaba, lenta y cremosamente, como si fuera un comercial de lácteos del Canal A.

La cara de sobrecogimiento e impresión de Travesuras, me hace pensar que en ese momento deberían decirle es Tristezas, porque ahora está este personaje, ahí cerca de la 10° con 10°, en el barrio Carabobo, acurrucado en la mitad de la calle, llorando con la cabeza entre sus rodillas, en medio de una isla de leche que dentro de poco va a comenzar a oler a lo que huele la entrepierna después de monta a pelo en un caballo bayo rosuceño de los potreros de La María. 

¿Será travesuras una víctima? o ¿Será un victimario por haber sido una víctima en otro contexto? No lo se. Lo que si se, es que es una escena de esas que no dejarán de sacarme una sonrisa burletera y cruel, como la que les debió haber sacado a ustedes si tuvieron la imaginación suficiente para ver Travesuras en este penoso momento que quizá no recuerde tanto como yo, hoy, veinte años después.