miércoles, 19 de noviembre de 2025

El arte universal de Chamar a Poti

Hay temas de los que uno no habla cuando está de visita o con personas que apenas conoce, pero que a veces surgen de manera sutil -o profundamente humana- en el medio de un viaje o de una fiesta, y aunque todos intentemos evadirlo por decencia o por tabú, a causa de la ley natural de la vida terminan emergiendo, como esos submarinos de películas que aparecen de la nada.  En el instante en que hay que Chamar a Poti (Que en portugués se diría algo así como: Sháma a Pochí) se abre una minús-cula posibilidad de recordar lo que significa compartir el mundo con otros seres humanos que respiran, comen, sueñan, lloran, duermen… y cagan.

La historia de esa expresión, o mejor dicho verbo, adjetivo y ¡onomatopeya!, comenzó en Rio de Janeiro. En la casa en que vivíamos, O Clube do Chapéu, solíamos recibir visitas concurridas del amplio círculo social que teníamos por esos días. Poti (vamos dizer: Pochí) había venido con alguno de nuestros amigos da Rocinha. Sonaba la música, se servía caipirinha y se sentía esa vibe do morro Carioca que da pique. Había pasado rato sin saber de Potí, y los amigos empezaron a extrañar. ¿Dónde está Poti? Cadê a Poti? Chama a Poti!, Chama a Poti!. Cuando bajaron al primer piso, había silencio, que fue irrumpido por el sonido de la descarga de la cisterna. El baño se tapó pero no supimos sino hasta el guayabo del día siguiente, pero la fiesta siguió como si nada. Ja ficou a galera sabendo do asunto.

Manuel, era amigo de Dani. Era un español de la mar, tenía un velero-catamarán y viajaba en el por el mundo. Venía de Europa (digamos Palos de Moguer) y hacía una parada en Rio para seguir a Buzíos y recoger a los tripulantes con quienes seguiría su rumbo a las Bahamas. En su paso, nos invitó a navegar. Vimos la bahía de Guanabára y pasamos por detrás de las Islas Cagarras, estuvimos frente a O Vidigal, desde una perspectiva nunca antes vista -suspiro-. La única advertencia sobre el paseo, aclarando que un catamarán no es propiamente uno de esos yates que se estrellan en Cholón, sino mas bien una especie de bicicleta marina, donde la pericia humana y las condiciones del ambiente determinan gran parte del recorrido, fue la siguiente: "Tíos, podéis hacer lo que queráis menos cagar en el retrete". Avanzada la tarde, Poti buscaba cautelosamente a Manuel, para decirle algo en voz baja. Su cara lo dijo todo, y es que seguro tuvo más problemas que nosotros, porque destapar un baño en tierra firme no es lo mismo que hacerlo flotando ahí cerquita de Paquetá.

Años después, estuve en un lugar lejano del piedemonte llanero. Como diga usted, a 4 horas en carro de Villavo, más 3 por destapada y otras 2 horas más a caballo. Por allá se proyectaba la construcción de un puente metálico, para personas y caballos, sobre un caudaloso rio que terminaría tributando al Orinoco. En la casa donde me iba a quedar vivía una pareja y tenían de visita a dos hombres adultos y una niña. Terminamos la tarde leyendo en voz alta un libro de cuentos de la selva de Horacio Quiroga que llevaba en mi morral. Cuando recordé a Poti, me fui al monte, estúpidamente hacia abajo y cerca a la quebrada. Intenté ser rápido, y al regresar venía apresurado el señor de la casa con un palín en la mano, diciendo en voz alta que se le había pasado comentarlo, lo del protocolo rural del No. 2 y la advertencia de que no me fuera a ir cerca de la quebrada. Pero el daño ya estaba hecho. Ya saben que cuando lleguen a una casa rural y no haya baño, simplemente deben pedir la pala.

Luego, por allá en un Semana Santa pospandemia, llegó la "Expedición Austra 2021" en bici desde Rio hasta Jardín. Yo, por una lesión de días anteriores -en la puesta a punto para la travesía- no pude irme con el pelotón, y me encomendaron la encomiable labor de llevar el Suzuki SJ-410 de Pelanas. Para decirlo en pocas palabras, conduciendo el carro de mis sueños en un parche inmejorable, así no fuera pedaleando. Iba encaravanado con un amigo de toda la vida, de quien mejor no diré su nombre y que entre sus frases célebres tiene: “Al culo nadie lo manda”. Antes de llegar a Peñas Blancas en una parada técnica me preguntó -parce ¿tiene papel?- No nada, le respondí. Nos acercamos a una casa campesina de esas de pared blanca, zócalo de colores y teja de barro, y con la cara casi sonrojada, desde la distancia él preguntó: ¿Doña usted nos podría regalar papel higiénico?. Con la amabilidad típica de la gente de por allá, dijo de una que si. Sin embargo, se acercó un poco más a la chambrana y como quien ofrece agua fría en tierra caliente o quien tiene claros los protocolos rurales humanos por encima de la formalidad citadina nos dijo: 

“Pero si prefieren pueden usar el baño”. 

Estas historías, me hacen pensar que al final hay mucho que aprender de quienes perciben el mundo desde la naturaleza humana y lo universal; quienes entienden como la empatía nos une e iguala por encima de las diferencias y formalidades del mundo contemporáneo que va a mil. 






viernes, 11 de julio de 2025

Chapas de la Quinta

 -el apodo como la forma más corta de una larga historia -

La Quinta se desprende como los lloraderos del cerro y baja por el pueblo siguiendo la cuenca del Río Cauca -que pensaba era el Rio mas grande e importante del mundo cuando tenía unos cuatro años-. Por eso, La Quinta no es cosa menor: desde el Ingrumá hasta la Aguacatala, es como si fuera una arteria de vida e historias. No por nada corre paralela a la Calle del Comercio, la más prominente del pueblo. Pero la quinta no quiere ser la Novena, y mucho menos pasar por La María. Ella tiene su propio ADN, su manera de marcar a cada habitante. Yo, por ejemplo, recuerdo esta escena bajando por La Quinta con mi mamá y el viento:

“—¿Qué más pues, Macho Viejo?

Él asintió con la cabeza, sin decir palabra.

Entonces mi mamá me miró con leve desaprobación, e intentando rectificar le dijo:

—Buenos días, Jaime Andrés, ¿cómo está?

Él la miró con un leve sobresalto, y le respondió sonriendo como un niño pillado:

—Profe, ¿cierto que yo me llamo Jaime Andrés?"

 

La Quinta comienza al pie del cerro, por donde vivía la Bombi, una ex con la que varios -muchos- de mis amigos me hicieron la de Morombia, o sea: el cajón. Más arriba por la rampa, una de las entradas al cerro vivía “La Amiga” un amigo de Maldito. Y bajando por las escaleras, vivió el Wey, que fijo también le hizo el cajón a alguien en algún momento de la vida. Cuadra y media abajo, Chigüiro; y de esa esquina hacia el parque Pintadito, subiendo hacia la bomba vivió el Italiano, que tiene una historia con la Bomberita, que jmmm, mejor sigamos. 

Mas abajo, donde se cruza con la Sexta, recuerdo a Feto, -le decían así porque tenía la nuca gruesa y no podía mirar hacia los lados-. Y más hacia el parque, el negocio de Comeparao. En la parte posterior, ya para el lado de la séptima don Jaja (Q.E.P.D.), profe de Castellano y manager del equipo de futbol del colegio, que aun en 11° nos hacía dictados en hoja de bloc rayado y no dejaba que llamaran a nadie por el apodo: a Zarco le decía César Augusto, y a Hormiga, Camilo José.

En la 72, existían tantas chapas que, a veces los nombres reales ni se decían. A muchos se les había olvidado el que aparecía en la cedula. La gente del parque de arriba decía que pasar por ahí era peligroso, pero yo nunca me sentí inseguro bajando de la Plazuela hacia la Gallera. Recuerdo chapas como: Máxima, Cholo, Cascón, Jiménez, Pirulo, Morgan, Vargas, Pistacho, Tauro, y por supuesto a Macho Viejo. Cada uno tenía su historia, como si el nombre les diera permiso de ser algo que el determinismo no supo prever. A mi mamá nunca le gustó decirle a nadie por el “sobrenombre”, porque -decía-: “Que falta de respeto, para eso le pusieron un nombre a uno cuando nace”. Era de las pocas personas que sabía, por ejemplo, que Máxima se llamaba Jhon Alexander, y Macho Viejo, Jaime Andres.

Más abajo, en toda la esquina en una casa linda de bahareque, -híbrida entre casa típica antioqueña y palafítica chocoana, para nivelar la diferencia de nivel entre la Quinta y la Décima- vivía Chochín (de quien espero después poder contar la historia), o fonéticamente: SHHH shhh. Se iba para el colegio con Chori y Piolín. La casa de MarioBala, era casi diagonal, como al frente de la casa de Ciro. Siguiendo la ruta del agua, en otro barrio -que luego se partió en dos: el Banqueo y la Nueva Granda-, porque se ganaron el premio al mejor alumbrado de velitas y se pelearon en la repartición, vivía Pipeye, sobrino de Gentiu

De Gentiu decían que tenía un rombo en la cabeza, porque cuando jugaba fútbol intentaba cabecear y la mandaba al guayacán de la casa de Guri, también conocido como Guripan o Pocelano, hermano de Marrano. Ambos eran tíos de Machita y de Chasis, y vecinos de Travesuras. A la vuelta vivía Freshman (ese sí era su nombre de nacimiento), y más abajito: a la vuelta, la Chusca. En esa época le decían así porque era chusca y hoy que somos grandes, con mis amigos concordamos en que sigue siéndolo.

Estas sólo son solo algunas chapas de la Quinta. Se podrían hacer recuentos de otros barrios, o de los colegios, los equipos, familias, los parches o incluso de otros pueblos vecinos. Porque a veces los apodos se enraízan más en la memoria que el nombre propio. Como si fueran territorios. Hay quienes habitan el nombre oficial, y quienes se quedan a vivir en el apodo y lo hacen parte de su forma de manifestarse en el mundo. Algunos quizá odiaron su chapa; otros la acogieron más que a su nombre de pila. Por eso no podría asegurar que nos define más: si el nombre que nos dieron al nacer o el que nos pusieron en la calle.  Como si Macho Viejo invocara a una persona y Jaime Andres a otra totalmente diferente.