viernes, 11 de julio de 2025

Chapas de la Quinta

 -el apodo como la forma más corta de una larga historia -

La Quinta se desprende como los lloraderos del cerro y baja por el pueblo siguiendo la cuenca del Río Cauca -que pensaba era el Rio mas grande e importante del mundo cuando tenía unos cuatro años-. Por eso, La Quinta no es cosa menor: desde el Ingrumá hasta la Aguacatala, es como si fuera una arteria de vida e historias. No por nada corre paralela a la Calle del Comercio, la más prominente del pueblo. Pero la quinta no quiere ser la Novena, y mucho menos pasar por La María. Ella tiene su propio ADN, su manera de marcar a cada habitante. Yo, por ejemplo, recuerdo esta escena bajando por La Quinta con mi mamá y el viento:

“—¿Qué más pues, Macho Viejo?

Él asintió con la cabeza, sin decir palabra.

Entonces mi mamá me miró con leve desaprobación, e intentando rectificar le dijo:

—Buenos días, Jaime Andrés, ¿cómo está?

Él la miró con un leve sobresalto, y le respondió sonriendo como un niño pillado:

—Profe, ¿cierto que yo me llamo Jaime Andrés?"

 

La Quinta comienza al pie del cerro, por donde vivía la Bombi, una ex con la que varios -muchos- de mis amigos me hicieron la de Morombia, o sea: el cajón. Más arriba por la rampa, una de las entradas al cerro vivía “La Amiga” un amigo de Maldito. Y bajando por las escaleras, vivió el Wey, que fijo también le hizo el cajón a alguien en algún momento de la vida. Cuadra y media abajo, Chigüiro; y de esa esquina hacia el parque Pintadito, subiendo hacia la bomba vivió el Italiano, que tiene una historia con la Bomberita, que jmmm, mejor sigamos. 

Mas abajo, donde se cruza con la Sexta, recuerdo a Feto, -le decían así porque tenía la nuca gruesa y no podía mirar hacia los lados-. Y más hacia el parque, el negocio de Comeparao. En la parte posterior, ya para el lado de la séptima don Jaja (Q.E.P.D.), profe de Castellano y manager del equipo de futbol del colegio, que aun en 11° nos hacía dictados en hoja de bloc rayado y no dejaba que llamaran a nadie por el apodo: a Zarco le decía César Augusto, y a Hormiga, Camilo José.

En la 72, existían tantas chapas que, a veces los nombres reales ni se decían. A muchos se les había olvidado el que aparecía en la cedula. La gente del parque de arriba decía que pasar por ahí era peligroso, pero yo nunca me sentí inseguro bajando de la Plazuela hacia la Gallera. Recuerdo chapas como: Máxima, Cholo, Cascón, Jiménez, Pirulo, Morgan, Vargas, Pistacho, Tauro, y por supuesto a Macho Viejo. Cada uno tenía su historia, como si el nombre les diera permiso de ser algo que el determinismo no supo prever. A mi mamá nunca le gustó decirle a nadie por el “sobrenombre”, porque -decía-: “Que falta de respeto, para eso le pusieron un nombre a uno cuando nace”. Era de las pocas personas que sabía, por ejemplo, que Máxima se llamaba Jhon Alexander, y Macho Viejo, Jaime Andres.

Más abajo, en toda la esquina en una casa linda de bahareque, -híbrida entre casa típica antioqueña y palafítica chocoana, para nivelar la diferencia de nivel entre la Quinta y la Décima- vivía Chochín (de quien espero después poder contar la historia), o fonéticamente: SHHH shhh. Se iba para el colegio con Chori y Piolín. La casa de MarioBala, era casi diagonal, como al frente de la casa de Ciro. Siguiendo la ruta del agua, en otro barrio -que luego se partió en dos: el Banqueo y la Nueva Granda-, porque se ganaron el premio al mejor alumbrado de velitas y se pelearon en la repartición, vivía Pipeye, sobrino de Gentiu

De Gentiu decían que tenía un rombo en la cabeza, porque cuando jugaba fútbol intentaba cabecear y la mandaba al guayacán de la casa de Guri, también conocido como Guripan o Pocelano, hermano de Marrano. Ambos eran tíos de Machita y de Chasis, y vecinos de Travesuras. A la vuelta vivía Freshman (ese sí era su nombre de nacimiento), y más abajito: a la vuelta, la Chusca. En esa época le decían así porque era chusca y hoy que somos grandes, con mis amigos concordamos en que sigue siéndolo.

Estas sólo son solo algunas chapas de la Quinta. Se podrían hacer recuentos de otros barrios, o de los colegios, los equipos, familias, los parches o incluso de otros pueblos vecinos. Porque a veces los apodos se enraízan más en la memoria que el nombre propio. Como si fueran territorios. Hay quienes habitan el nombre oficial, y quienes se quedan a vivir en el apodo y lo hacen parte de su forma de manifestarse en el mundo. Algunos quizá odiaron su chapa; otros la acogieron más que a su nombre de pila. Por eso no podría asegurar que nos define más: si el nombre que nos dieron al nacer o el que nos pusieron en la calle.  Como si Macho Viejo invocara a una persona y Jaime Andres a otra totalmente diferente.

 

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