Paul J. Anderson Jr – Bal Harbour, Florida 14 de marzo de
2006
Nikki has just M me, said she’ll be here on
Saturday’s early evening and I guess we’ll do it that night. I’m so eager, dad
sent mom to a shopping-trip to Paris with her friends while he takes some trekkers
to Potosí in Peru (or some of those southern countries he used to fly). After
mom´s flight, I finally could convinced him to pull some strings for me and
leave me alone at home for this while. I can’t wait to be with Nikki, it will
be the first time for both of us, unless she lied to me, girls always lie,
anyway I don’t care, certainly it will be unforgettable, at least for me. Hope
so.
Paulo A. – Sabanas del Meta 15 de marzo de 2006
Los colombianos me llaman Paulo.
Los de por aquí, me dicen el hombre cohete. Isa me dice Pablito en un juego de
palabras de poca gracia; también me pide que escriba mis notas en español. Eso
intento. Por eso que escribo el español y uso usar este nombre, cuando decolo
de Fort Lauderdale, yo siento que una vez vuelo al sur, Paul resta en casa y es
Paulo el hombre bravo y corajeado quien sale a pilotar la vida, o como dicen
por aquí: “a buscar lo que no se le ha perdido”.
Fui a la elementaria a comprar
una soda, no tenían, me ofrecieron agua turbia. Vi un cartel que explica a los
niños que son las “minas antipersonal” y como pueden identificar. So degrading. Sentí un miedo profundo y
tuve nostalgia de Jr. Mañana a las 3:00 a.m. decolaremos rumbo a la selva a
cargar, y espero que al fin del día pueda tomar tierra en Bridgetown todo OK,
como siempre. El sábado voy sorprender Jr al llegar casa antes de planeado.
A veces, cuando vengo por aquí & stare at her, pienso que gustaría huir al
fin del mundo con ella.
Uriel Caicedo – Sabanas del
Vichada 24 de abril de 2006
Mario me pidió que fuera a su
casa. Me contó que le había comprado a los muchachos una avioneta, una Britten-Norman
tipo Islander, -cascada pero vuela- dijo. Me contó que se la habían tumbado a unos
gringuitos malpajorros que se las quisieron dar de muy vivos. En la mitad de la
historia tocaron la puerta; era Rómulo, yo lo distingo, el camarita es un
baquiano, todo el mundo lo conoce en villavo. Mario sacó 800 mil pesos en
billetes de la mema, y nos prometió 5 millones más cuando volviéramos, nos
dijo: “vayan, desarmen esa avioneta y me la traen en su camión Uriel, Rómulo le
ayuda para que se turnen la manejada y no tengan que parar, además él desarma
ese pájaro en dos días”. No sé si será por güebones o porque nos pica la
aventura pero arrancamos de una.
Rómulo Pineda – Primavera,
Vichada 12 de mayo de 2006
El conductor corrió la lona y nos
pasó 3 empanadas y una go-pack de colombiana que en pocas palabras nos
resucitaron. Habíamos salido a las 4 de la mañana con apenas una 2 litros de agua
de la llave que estaba a punto de acabarse. Llevamos 7 horas de viaje y faltan
18 horas más, esa cara que lo perdieron todo de Rosa y Uriel me dan fuerza para
soportar este viaje miserable sobre cajas de cerveza vacías, una polvareda tormentosa
y este olor a miaos de rata. Esos hijueputas me quitaron toda la herramienta,
toda la plata, pero a Uriel se le quedaron con el camioncito. Ellos lo
perdieron todo, gracias a mi diosito nos dejaron lo más importante: la vida.
Rosa Zamora – Bogotá D.C. 31 de
diciembre de 2006
Los recuerdos de aquel día, son
tal vez los más sórdidos de mi vida. He maldecido cada día el momento en que se
me ocurrió irme con ese par de imbéciles llano adentro. Luego de viajar 20
horas sin parar, encontramos a una muchacha que nos referenció Mario, andaba a
pie limpio, hablaba poco y tenía unas tetas grandes y caídas. Ella nos condujo
a una enramada, sólo tenía una pared de tablas blancas desvencijadas con un
reloj detenido a las 8:00, para romper el hielo le pregunté si eran de la mañana
o de la noche, luego de un incómodo silencio me respondió que eso no importa
por allá. Nos guio hasta donde estaba la avioneta, sin despedirse dijo: “cuidado
con los duendes” y se reincorporó en la espesura de la selva. Levantamos el
camuflaje de la avioneta, Rómulo bajó toda la herramienta de la turbo y se armó
todo un taller en medio de la nada. Empezaron desatornillando las sillas y
subiéndolas al camión, yo prendí un cigarrillo y luego me tendí a dormir.
Al regresar a Villavicencio nos
separamos. Decidí empezar una nueva vida, porque no quedó mucha vida a su lado
luego de sobrevivir a esa tragedia. Este año que hoy despido, quemo este papel y espero que con él se borren para siempre estos recuerdos.
Alias Garrincha, Selvas del Catatumbo 23 de marzo de 2007
Anoche estaba de guardia y
caliche me llamó: “Garrincha vea, los tombos cogieron el pajarraco ese que usté
estaba cuidando puallá en el llano”. Bajé corriendo y me metí entre los que
veían la única televisión del campamento. Decían disque que el Ejército había
incautado en el Vichada una aeronave de matrícula gringa reportada como
desaparecida hace un año. Ahí mismo me recordé de ese día.
Nos habíamos ido p’al
pueblo onde las chachas, porque martillo estaba largo: “quien putas se va a robar
un avión, mi comandante es como marica” dijimos. Cuando volvimos, dos cuchos
tenían un pedazote de ese fuselaje en una turbo. De una nos dijeron que un
señor Mario Sabogal de villavo le había comprado esa avioneta a mi comandante. Preguntamos por el radio, y cuando le acabé de contar me dijo que los
peláramos y nos quedáramos con el carro y todo lo que tenían. Yo si he sido
bien gallina pa’ eso de estar matando gente y de los muchachos nadie pudo
tampoco. Los revisamos y les hicimos la inteligencia, estaban limpios, les dijimos que se abrieran antes de que nos arrepintiéramos y se
fueron como alma que lleva el diablo.
Isabela Eslava – Villavicencio 27 de mayo de
2017
Anoche fuimos a Los Capachos, la
rumba siempre es buena, es tan buena que casi pierdo la noción de las veces que
he ido y terminan fundidas todas las noches en una sola fiesta. Fue una noche
diferente, conocí a un gringuito de unos 27 años. Es alto, mono y de ojos
claros, papacito, como todos los gringos, llegó hace un año a Colombia queriendo
conocer los llanos, estuvo en esos lugares donde van los turistas y también en los
lugares donde no hay nada, ni gente.
Me contó que dictaba clases de
inglés hace seis meses y que piensa montar un hostal por la cuarenta. Intenté iniciar
una conversación en ingles que rápidamente me llevó del fracaso a la vergüenza; él sonrió, yo me puse nerviosa. Omití toda la información de mi paso por esas
sabanas que él había recorrido, me limité al pasado inmediato y citadino de "La
puerta del llano", cansada de la aprehensión y desconfianza que despiertan ciertas
procedencias.
Juan Simón Obando – Villavicencio
13 de febrero de 2019
El comité operativo había
comenzado a las 8:00, ya mediábamos la mañana avanzando en la tediosa itinerancia entre los estados financieros y las entregas y cierres. Un cimbronazo
de la base de la silla me llamó al orden. Sentí como si el piso 13 del edificio
se hubiera lanzado por un tobogán predial de espiral. Luego de la trémula,
parecía que nos hubiéramos reacomodado en otra posición con este asentamiento,
pensé si por acaso el edificio cambiaría su dirección al menos medio numeral.
Al instante, se activó la alarma del cuerpo de bomberos del centro y el
brigadier del piso entró a la sala de juntas orientando la evacuación del
edificio. Comenzamos el descenso.
– Muy asustao ¿o qué? don Juan-
me preguntó Nelly, quien dice recordarme porque no me gusta el café. Yo la
recuerdo por las historias que articula y muy atento escucho sin que mi
pragmatismo arruine los excesos y gatuperios con interpelaciones innecesarias.
Le respondí que no, que en efecto le tengo un miedo ni el hijueputa a los temblores,
pero que esta vez lo había pasado relajado.
Todos los edificios circundantes
habían evacuado en el parque Santander, nos hicimos en la sombra de samán
mientras Nelly me contaba sobre los preparativos de la fiesta de quince de su
hija Michel y replicaba los rumores de la periferia sobre las causas del temblor atribuibles indiscutiblemente al fracking que se había comenzado a hacer por Acacías. Perdiendo la mirada en el aglutinamiento, me fijé en
una pareja que cruzaba el parque. Era un mono alto, de esos que vienen a Caño
Cristales o al Chiribiquete, llevaba de la mano a una mujer de rasgos aindiados
que le daba en pecho, entrada en los cuarenta, tenía pelo liso y una sonrisa radiante, era realmente hermosa.
Atractiva.
Fue inevitable que Nelly
percibiera mi espontánea fijación. -Muy bonita la señora ¿no certo?-.
En un subterfugio desgastado, negué sutilmente, intentando a la vez recordar
el hilo de la historia para retomar los detalles del vestido de Michell y su deseo imperioso de que se le pagaran unas sesiones de gimnasia pasiva para estar marcadita antes de la fiesta o expresarle mi desconocimiento absoluto sobre la fractura hidráulica.
–Esos gringuitos se vienen a
pasiar por aquí y terminar pero amarrados con esos entierros que les hacen,
aunque usted los ve así andando junticos y véalos no más: son felices y enamoraos como
dos tórtolos-.


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