viernes, 15 de febrero de 2019

La avioneta de las FARC


Paul J. Anderson Jr – Bal Harbour, Florida 14 de marzo de 2006

Nikki has just M me, said she’ll be here on Saturday’s early evening and I guess we’ll do it that night. I’m so eager, dad sent mom to a shopping-trip to Paris with her friends while he takes some trekkers to Potosí in Peru (or some of those southern countries he used to fly). After mom´s flight, I finally could convinced him to pull some strings for me and leave me alone at home for this while. I can’t wait to be with Nikki, it will be the first time for both of us, unless she lied to me, girls always lie, anyway I don’t care, certainly it will be unforgettable, at least for me. Hope so.



Paulo A. – Sabanas del Meta 15 de marzo de 2006

Los colombianos me llaman Paulo. Los de por aquí, me dicen el hombre cohete. Isa me dice Pablito en un juego de palabras de poca gracia; también me pide que escriba mis notas en español. Eso intento. Por eso que escribo el español y uso usar este nombre, cuando decolo de Fort Lauderdale, yo siento que una vez vuelo al sur, Paul resta en casa y es Paulo el hombre bravo y corajeado quien sale a pilotar la vida, o como dicen por aquí: “a buscar lo que no se le ha perdido”.

Fui a la elementaria a comprar una soda, no tenían, me ofrecieron agua turbia. Vi un cartel que explica a los niños que son las “minas antipersonal” y como pueden identificar. So degrading. Sentí un miedo profundo y tuve nostalgia de Jr. Mañana a las 3:00 a.m. decolaremos rumbo a la selva a cargar, y espero que al fin del día pueda tomar tierra en Bridgetown todo OK, como siempre. El sábado voy sorprender Jr al llegar casa antes de planeado.

A veces, cuando vengo por aquí stare at her, pienso que gustaría huir al fin del mundo con ella.



Uriel Caicedo – Sabanas del Vichada 24 de abril de 2006

Mario me pidió que fuera a su casa. Me contó que le había comprado a los muchachos una avioneta, una Britten-Norman tipo Islander, -cascada pero vuela- dijo. Me contó que se la habían tumbado a unos gringuitos malpajorros que se las quisieron dar de muy vivos. En la mitad de la historia tocaron la puerta; era Rómulo, yo lo distingo, el camarita es un baquiano, todo el mundo lo conoce en villavo. Mario sacó 800 mil pesos en billetes de la mema, y nos prometió 5 millones más cuando volviéramos, nos dijo: “vayan, desarmen esa avioneta y me la traen en su camión Uriel, Rómulo le ayuda para que se turnen la manejada y no tengan que parar, además él desarma ese pájaro en dos días”. No sé si será por güebones o porque nos pica la aventura pero arrancamos de una.



Rómulo Pineda – Primavera, Vichada 12 de mayo de 2006

El conductor corrió la lona y nos pasó 3 empanadas y una go-pack de colombiana que en pocas palabras nos resucitaron. Habíamos salido a las 4 de la mañana con apenas una 2 litros de agua de la llave que estaba a punto de acabarse. Llevamos 7 horas de viaje y faltan 18 horas más, esa cara que lo perdieron todo de Rosa y Uriel me dan fuerza para soportar este viaje miserable sobre cajas de cerveza vacías, una polvareda tormentosa y este olor a miaos de rata. Esos hijueputas me quitaron toda la herramienta, toda la plata, pero a Uriel se le quedaron con el camioncito. Ellos lo perdieron todo, gracias a mi diosito nos dejaron lo más importante: la vida.



Rosa Zamora – Bogotá D.C. 31 de diciembre de 2006

Los recuerdos de aquel día, son tal vez los más sórdidos de mi vida. He maldecido cada día el momento en que se me ocurrió irme con ese par de imbéciles llano adentro. Luego de viajar 20 horas sin parar, encontramos a una muchacha que nos referenció Mario, andaba a pie limpio, hablaba poco y tenía unas tetas grandes y caídas. Ella nos condujo a una enramada, sólo tenía una pared de tablas blancas desvencijadas con un reloj detenido a las 8:00, para romper el hielo le pregunté si eran de la mañana o de la noche, luego de un incómodo silencio me respondió que eso no importa por allá. Nos guio hasta donde estaba la avioneta, sin despedirse dijo: “cuidado con los duendes” y se reincorporó en la espesura de la selva. Levantamos el camuflaje de la avioneta, Rómulo bajó toda la herramienta de la turbo y se armó todo un taller en medio de la nada. Empezaron desatornillando las sillas y subiéndolas al camión, yo prendí un cigarrillo y luego me tendí a dormir.

Al regresar a Villavicencio nos separamos. Decidí empezar una nueva vida, porque no quedó mucha vida a su lado luego de sobrevivir a esa tragedia. Este año que hoy despido, quemo este papel y espero que con él se borren para siempre estos recuerdos.



Alias Garrincha, Selvas del Catatumbo 23 de marzo de 2007

Anoche estaba de guardia y caliche me llamó: “Garrincha vea, los tombos cogieron el pajarraco ese que usté estaba cuidando puallá en el llano”. Bajé corriendo y me metí entre los que veían la única televisión del campamento. Decían disque que el Ejército había incautado en el Vichada una aeronave de matrícula gringa reportada como desaparecida hace un año. Ahí mismo me recordé de ese día. 

Nos habíamos ido p’al pueblo onde las chachas, porque martillo estaba largo: “quien putas se va a robar un avión, mi comandante es como marica” dijimos. Cuando volvimos, dos cuchos tenían un pedazote de ese fuselaje en una turbo. De una nos dijeron que un señor Mario Sabogal de villavo le había comprado esa avioneta a mi comandante. Preguntamos por el radio, y cuando le acabé de contar me dijo que los peláramos y nos quedáramos con el carro y todo lo que tenían. Yo si he sido bien gallina pa’ eso de estar matando gente y de los muchachos nadie pudo tampoco. Los revisamos y les hicimos la inteligencia, estaban limpios, les dijimos que se abrieran antes de que nos arrepintiéramos y se fueron como alma que lleva el diablo.  



Isabela Eslava – Villavicencio 27 de mayo de 2017

Anoche fuimos a Los Capachos, la rumba siempre es buena, es tan buena que casi pierdo la noción de las veces que he ido y terminan fundidas todas las noches en una sola fiesta. Fue una noche diferente, conocí a un gringuito de unos 27 años. Es alto, mono y de ojos claros, papacito, como todos los gringos, llegó hace un año a Colombia queriendo conocer los llanos, estuvo en esos lugares donde van los turistas y también en los lugares donde no hay nada, ni gente.

Me contó que dictaba clases de inglés hace seis meses y que piensa montar un hostal por la cuarenta. Intenté iniciar una conversación en ingles que rápidamente me llevó del fracaso a la vergüenza; él sonrió, yo me puse nerviosa. Omití toda la información de mi paso por esas sabanas que él había recorrido, me limité al pasado inmediato y citadino de "La puerta del llano", cansada de la aprehensión y desconfianza que despiertan ciertas procedencias.



Juan Simón Obando – Villavicencio 13 de febrero de 2019

El comité operativo había comenzado a las 8:00, ya mediábamos la mañana avanzando en la tediosa itinerancia entre los estados financieros y las entregas y cierres. Un cimbronazo de la base de la silla me llamó al orden. Sentí como si el piso 13 del edificio se hubiera lanzado por un tobogán predial de espiral. Luego de la trémula, parecía que nos hubiéramos reacomodado en otra posición con este asentamiento, pensé si por acaso el edificio cambiaría su dirección al menos medio numeral. Al instante, se activó la alarma del cuerpo de bomberos del centro y el brigadier del piso entró a la sala de juntas orientando la evacuación del edificio. Comenzamos el descenso.

– Muy asustao ¿o qué? don Juan- me preguntó Nelly, quien dice recordarme porque no me gusta el café. Yo la recuerdo por las historias que articula y muy atento escucho sin que mi pragmatismo arruine los excesos y gatuperios con interpelaciones innecesarias. Le respondí que no, que en efecto le tengo un miedo ni el hijueputa a los temblores, pero que esta vez lo había pasado relajado.

Todos los edificios circundantes habían evacuado en el parque Santander, nos hicimos en la sombra de samán mientras Nelly me contaba sobre los preparativos de la fiesta de quince de su hija Michel y replicaba los rumores de la periferia sobre las causas del temblor atribuibles indiscutiblemente al fracking que se había comenzado a hacer por Acacías. Perdiendo la mirada en el aglutinamiento, me fijé en una pareja que cruzaba el parque. Era un mono alto, de esos que vienen a Caño Cristales o al Chiribiquete, llevaba de la mano a una mujer de rasgos aindiados que le daba en pecho, entrada en los cuarenta, tenía pelo liso y una sonrisa radiante, era realmente hermosa. Atractiva.

Fue inevitable que Nelly percibiera mi espontánea fijación. -Muy bonita la señora ¿no certo?-. En un subterfugio desgastado, negué sutilmente, intentando a la vez recordar el hilo de la historia para retomar los detalles del vestido de Michell y su deseo imperioso de que se le pagaran unas sesiones de gimnasia pasiva para estar marcadita antes de la fiesta o expresarle mi desconocimiento absoluto sobre la fractura hidráulica.

–Esos gringuitos se vienen a pasiar por aquí y terminar pero amarrados con esos entierros que les hacen, aunque usted los ve así andando junticos y véalos no más: son felices y enamoraos como dos tórtolos-.

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