miércoles, 2 de junio de 2021

Las botas de mi tío



Había un hombre en algún lugar de la selva tropical de los Andes, parado junto a un aviso de madera que dictaba la importancia de las orquídeas en los ecosistemas. Me miraba, con una sonrisa de cima y plenitud, rodeada por una barba escasa y levemente visible: como la mía. Sus ojos me hacían sentir como si me mirara en un espejo, su mano derecha sujetaba un bastón de aluminio y su mano izquierda, cubierta con un guante se apoyaba en el cinturón. 

Tenía un sombrero de expedición azul oscuro, llevaba un morral en la espalda con correas que aseguraban su cintura, un pantalón camuflado verde militar y unas botas. Unas botas de caña alta, con puntera y suela compuesta, de las que se inundan, escalan, saltan y se agarran, unas botas de esas hechas para la escarpa y lo agreste. Quise mirar la hora pero los números se derretían como si Dalí hubiera tomado posesión de mis extremidades.

Desperté, e inmediatamente supe quién era, aunque en el sueño su cara me resultara indescifrable. Era una foto de mi tío Juancho en una de sus caminatas al encuentro con la montaña; la había visto hace un par de meses en su FaceBook. Busqué la foto, y percibí que el plano únicamente lo captaba desde las rodillas hacia arriba, como si las botas y una navaja suiza atada al cinturón fueran accesorios construidos por mi mente para romantizar esa imagen de "domador de búfalos".

Desde que hace parte de mi memoria, ha manejado motos enduro y camionetas 4x4 pensadas para someter las trochas de la cordillera occidental. Recuerdo una Mazda blanca, en la que nos íbamos Lu, Juanma y yo montados en el platón, agarrados del tubo horizontal y de la certeza infantil de que el peligro era una herramienta de control parental que sólo funcionaba cuando estábamos en la calma de la zona urbana. 

Nos disparaba ráfagas de agua con los rociadores del limpia-parabrisas y con un meticuloso equilibrio entre su destreza y osadía al volante, lograba sumergirnos en una realidad paralela de una suerte de Dakar de cordillera. Llevaba siempre una cuerda, con la que improvisaba un arnés y escalábamos altas rocas uno a uno. Cuando estábamos arriba celebrábamos como unos alpinistas ingrumaensis que hacían cima en el Aconcagua por primera vez. En la noche ensillábamos las bestias para cabalgar bajo la luna como intrépidos vaqueros de los llanos orientales.

Aprendimos las virtudes del silencio y la paciencia escarbando por carnadas en la tierra, cebábamos los anzuelos y esperábamos la caída del salmón criollo en “el nacimiento del único rio que fluye de norte a sur en Colombia”. Su silencio, era toda una clase magistral. Sí que recuerdo su silencio y la oportunidad de sus palabras. En las noches contemplábamos el firmamento con un torpe telescopio que colocábamos en el capó de la camioneta y en la madrugada, aún oscura, caminábamos en busca del horizonte oriental para ver el repunte del sol entre los árboles que configuraban un mosaico en los filos de las montañas.

Tuvo el primer computador que manipulé, corría un sistema D.O.S., en el que nos sentíamos astronautas del futuro digitando el esperado games.exe, pero cuando la lluvia llegaba al pueblo desde la tierra fría, mientras todos los niños del barrio debían entrarse para sus casas, con la complicidad de nuestros padres nos íbamos a pantanear por las mangas y poteros que hoy forman la urbe rosuceña. Y claro, como buenos patanes, no desaprovechábamos la oportunidad para importunar a Lu por la necedad pueril de esos años que quedaron anclados en La María. 

Recuerdo que una noche irrumpimos en el cementerio viejo y bajamos hasta las tumbas de los NN. Lejos de las supersticiones que pudieran agobiar a un cristiano inadvertido o a la inocencia de un niño, mi papá se apropió de la palabra. Como un rapsoda de estos tiempos, abrió el telón para contar su historia de terror. Sentíamos miedo, como la aprehensión de tocar el agua fría de la piscina después de haber nadado todo el día, no como el que le tenían al coco los niños que se portaban mal. El desenlace se marcó con una chispa arrojada a una mecha de algodón, alcohol y sal puestas en una cacerola que iluminó con luz verde todo el entorno y nos sacó corriendo despavoridos del campo santo.


Hace días regresaba con la Maia de las cascadas la solita. Ésta había sido su primera aventura con la autonomía y consciencia del riesgo suficientes para sentir que entraba a una nueva fase de su infancia que demandaba toda la agilidad y resistencia de la que se ufana. Me dijo que se resbalaba más que yo, únicamente por que tenía tenis y yo tenía botas. Recordé una tarde reciente, en que entraba al hotel X de Quibdó, regresando de Tutunendo, me vi al espejo, reparé mi figura con las botas para la escarpa y lo agreste, tomé una foto. 



Entré al cuarto y antes de caer en un sueño profundo, vi nuevamente la foto, pensé en la Maia, en mi mamá, en mi tío... Como un sucesión de interminables deja vu, me vi parado en esas botas, pensé en los kilómetros, ríos, desiertos, glaciares, montañas, países y continentes que habían recorrido; me sentí en sus zapatos, sentí la presencia de mi tío en mí, entendí por qué tenía esas botas puestas, por qué había tomado esa foto. Días después, entendí la felicidad de la Maía cuando recibió el ineludible regalo que su hermano le daba, sin saberlo, en el nombre y para la memoria de su tío Juancho. 


"Ahora no me voy resbalar como una niña chiquita"







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