La primera vez que recorrí “La Peatonal” fue en el 93 o quizá a comienzos del 94, cuando doña Gladys Estada de Gutierrez era la alcaldesa, la vuelta a Sipirra todavía era un desecho y la leche la traían de la tierra fría, en cantinas de aluminio para venderla menudeada con un cucharón de peltre que medía una botella. Yo recién llegaba al Piolín, en donde una de las primeras imágenes que recuerdo es a Laura, la hija de un potentado médico del pueblo, rascándose la nariz enrojecida y sorbiéndose los mocos aguados, recostada contra la malla eslabonada que da a la avenida las Américas.
Cuando se hablaba de la peatonal, con algo que hoy no me atrevería a llamar misterio pero que en aquel tiempo lo parecía, la musa del chisme -omnipresente en la lengua de todo rosuceño- poseía al hablador. Se decía, por ejemplo, que las quebradas que bajan del cerro hacen la vía intolerable al paso de los carros o que un alcalde decretó caprichosamente la peatonalización por una rencilla personal con su secretario de tránsito. A uno de los historiadores de nómina le escuché, entre el tufo y la cordura, que así tal cual fue contemplada por Boussingault y Roulin, y a uno de esos patos del parque, que en estos días la iban a abrir nuevamente para aquello de la movilidad hacia la periferia, porque: "el pueblito si que está creciendo".
Como pueden ver se habla mucho de la peatonal, pero como todos en este pueblo, lo que dicen no lo sostienen, y si lo sostienen no se lo aseguran, porque no hay como. Si un rosuceño, dígase de la zona rural trayendo su pancoger el día de mercado, un jubilado atendiendo su agenda de compromisos inaplazables, una pareja de noviecitos pubertos en su restricto permiso dominical o el inadvertido turista que llegó por primera vez y ya se siente oriundo, cualquiera de ellos, sale de roce al centro, podría decirse que es inminente que pasará por La Peatonal, o cuando menos hará contacto visual con alguna de sus esquinas.
En la peatonal Olivia estampó sus primeros pasos y mi abuelita Trina también recogió los últimos que dio en este plano. Yo, por mi parte paso por la peatonal cuando voy de mi casa a La Vienesa, del parque de abajo al terminal, del terminal al parque de arriba pasando por la casa de Brillo o de La Plazuela a RioExpress yendo por la esquina de Los Escobares. Cuando voy desde mi casa o la de mi abuelita Nelcy a donde El Viejo en el Alto del Chocho, también puedo coger la ruta de la peatonal. Sea caminando o en la bici, es un paso obligado, hay que reconocerlo; a menos que las diligencias tengan la dirección de Aguacatal, Miraflores o la avenida Las Américas, allá por donde queda el Jardín Infantil Piolín.
En la peatonal se podían alquilar VHS y pedir por encargo DVD de películas piratas, habían Play Station 3 por cuarto de hora y también se podía mirar desde afuera para las ventanas de la casa de Mirito -la mujer que dicen lleva más de 30 años sin salir a la calle- y una vez salió en una crónica de El Espectador. Como en Europa, se puede comer parado o sentado en los restaurantes de comida típica, internacional y rosuceña, hay hoteles de esos que son por horas y también está el sofisticado Airbnb de la Poly, hay litografías donde se imprimen las publicidades de los alcaldes que siguen prometiendo la vía a Jardín, y donde curiosamente escanear una hoja sigue siendo más caro que fotocopiarla. También hay farmacias y bares y almacenes de ropa y los esotéricos de El Divino.
El lector se preguntará cómo hacen las personas que tienen carro y viven en la peatonal. Si aparte de Mirito hay residentes mas convenionales o todos tienen alguna particularidad sustancial superior a la del rosuceño promedio y todavía hierven la leche y le sacan la nata para batirla y hacer mantequilla de vaca o se persignan cuando tocan segundo para misa. Se preguntará si la peatonal se hundirá algún día por las nuevas construcciones o si el próximo alcalde le hará un techo de cristal como a la Galleria Vittorio Emanuele de Milán porque Riotutti di nuovo grande. Ahora, si el lector nunca ha estado en Rosúcio, sentirá como una incómoda curiosidad emerge ante mi necesidad de evocar a una calle devorada por sus andenes, pero si es hijo de nacimiento o adoptivo, o alguna vez ya vino a este pueblo que le hace una fiesta al diablo todos los años impares, irremediablemente sucumbirá ante el hecho de que siempre sabrá de qué hijueputa peatonal estamos hablando.

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