Hace cinco mil quinientos años, cuando la prehistoria se preparaba para perder su prefijo “pre”, y los sumerios dejaban los primeros testimonios escritos de la aventura humana sobre las tablillas cuneiformes, consta una curiosa queja de los mayores sobre los jóvenes de aquel tiempo. Decían las figuras angulares repujadas en arcilla que: “las nuevas generaciones no quieren trabajar, y creen que el campo se cultivará sólo. Con esta juventud, a Mesopotamia no le queda más que esperar su decadencia”.
Unos miles de años
después, el eco de las inconformidades de Sócrates llegó a nuestros días,
permitiéndonos saber que pensó que la juventud de sus tiempos “ama el lujo. Es
mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y chismea
mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se ponen de pie cuando los mayores
entran al cuarto. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad,
devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”.
Acercándome al cierre de mis treinta y tres años, la edad en
que resucitó Jesús, no quisiera dejarme llevar por la nostalgia de mi juventud
para enjuiciar a los centenials que me dicen señor tal cosa, señor tal otra, o
se comportan de una manera que mi adultez puberta me dificulta comprender, haciendo
coreografías inverosímiles y deslumbrantes, tomando fotos desenfocadas o aesthetic
y escuchando música de excéntricos artistas que aún no conozco. Hacerlo, sería
deshonrar ese cuarto de hora que tuvimos, cuando nuestros padres pensaron como Sócrates, el
sumerie o la radioescucha paisa, creyendo que estábamos al borde de la decadencia de
nuestras propias vidas.
Hoy, cerrando mis treinta y tres años de vida, sintiendo que parece tan poco tiempo para vivir y a la vez tanto para haber vivido, me resulta imposible no recordar que a esa misma edad murió Jesús. Preferiría pensar que él no lo hizo por mis pecados, -los redimidos y los que inevitablemente cometeré-, porque a la luz de las circunstancias generacionales que me ocupan, me gustaría saber sobre su vida adolescente, de la cual se escribió muy poco. La persona que no era el niño colérico de 12 años expulsando mercaderes de un recinto ni el mártir coetáneo dispuesto a morir por nosotros en 14 estaciones del vía crucis que hoy misteriosamente recordamos ardientemente.
¿Será que bebió esa copa de vino de más que nos pasa de la
sobriedad al estado ligero de alegría y elocuencia? ¿Habrá probado un poco de
ganja para instigar su comprensión profunda y la compasión en los humanos en sus
hipotéticos viajes a las tierras de Shiva? ¿Habrá sucumbido al deleite de los
sentidos e intensidad de las emociones que sólo su cuerpo terrenal le podrían ofrecer? ¿Qué tanto de su vida nos dejaron de contar los libros y la historia,
alejándonos de una poderosa fuerza universal que no solamente residía en Él? ¿Qué pensaban las generaciones reaccionarias de aquel tiempo, sobre las
ideas revolucionarias que predicaba?
El vía crucis es el camino al calvario, pero el Via Vita es
el camino de la vida, no solamente el camino para que Jesús llegue a nuestros
corazones en su estado más puro, sino todas denominaciones y manifestaciones de
la gran consciencia universal de todos los eones y lugares en que la desamparada
humanidad ha habitado. Es la expansión de nuestro nivel de energía y de
consciencia, es la pinta que nos trae del sueño. Es la verdad que cuida el cuerpo, la
palabra, el aura y el corazón. ¿Dónde está el Jesús con la rebeldía adolescente
y extasiada que siempre ha causado repulsión a los adultos y los viejos?
Vía Vita es el camino que sana el dolor para ser verdaderos, genuinos y auténticos, es la fuerza que acoge la incertidumbre como parte irremediable del camino, es la realización del trabajo productivo y el trabajo individual como fuente de significado. Vía Vita es Jesús hablando de manera coloquial, fuera de los templos, sonriendo y enseñándonos el lenguale del amor lejos de la instucionalidad y la monotonía inhibidora de la doctrina.
Vía Vita es el camino para construir desde adentro la fe y confianza que necesitamos para estar más conectados con cada ser, cada objeto, cada elemento y cada plano de existencia como un todo, a medida que se abre el corazón a la vibración del universo que está fuera del tiempo y más allá de la piel que a veces pareciera, obstinadamente definir nuestro ser.

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