Aturdidos e inconstantes…
La rebeldía del pequeño mundo perdido en la montaña,
buscaba una respuesta desesperada.
La llama de la incertidumbre, encendió nuestras antorchas,
irrumpimos las barrocas puertas de madera,
y, como si fuera una venganza incomprendida
prendimos fuego a aquel pasado y sus cadenas.
Tras el destello efímero de la victoria,
que a su paso nos encegueció, calcinando brújula y mapa
restamos huérfanos y desnudos bajo las estrellas:
una nueva oscuridad, atroz y desafiante. Solitaria.
A tientas, entre los escombros, apilamos signos y señales,
algo debía sobrevivir al vacío,
una fuerza superior nos sometió,
nos hizo perder la noción del tiempo.
Antes del alba, un aura de fe y confianza
se tejió lentamente sobre nuestros seres.
Cuando el sol llegó a ponerle fin a la larga noche
Él, caminando sobre el agua se acercó,
Con una sonrisa divina y fulminante de amor incondicional,
nos enseñó a decir para nuestro interior:
“Yo soy Amor, Yo soy el camino”

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