martes, 2 de abril de 2024

Una ciudad de clima caliente

Ahora que la ola de calor parece estar llegando a su recta final, hablar de esta ciudad deja de ser cruel, aunque ahora pueda ser sarcástico, así algunas personas, principalmente esas que no logran leer fielmente a su interlocutor no perciban la diferencia de lo uno con lo otro. Por eso, hablar del clima es un tema trivial y a la vez útil, insulso y anodino como la carta Comodín cambio de color del Uno, que ni siquiera sirve para ganar la partida o endosarle +4 al siguiente turno. Me ha pasado con algunas conversaciones fatigantes e innecesarias que después de toda maniobra sutil, no logré evadir; comentar el calor que ha hecho termina siendo la salida política y meteorológicamente correcta para no llegar hasta la crueldad y el sarcasmo. Algo así como usar el comodín para pedir el rojo, cuando el juego ya está en ese color. 

Según me contaron, ésta era una ciudad de clima templado, donde hacía calor, pero la gente siempre era más bien tirando a caliente, no calentana, ni mucho menos. En los patios y en las calles, cuando el sol estaba en el punto más alto, hacia un fogonazo ensordecedor, como si las personas y los perros callejeros, y las hormigas fueran como hormigas siendo atacadas por la refracción solar de la lupa de un niño con gafas de marco de pasta verde, grueso y antiquebraduras, de unos 8 años, que todavía creía en el ratón Pérez, pero se peinaba cachitos con gel y una tarde nublada le gritó a su abuela: no me grite vieja hijueputa que usted no es mi mamá. 


Había días impares, a los que no se les tenía superstición alguna, los miércoles se cortaban las uñas sin problema y era normal que el chance cayera un día 13 para más de un tahúr. Los martes, la gente se embarcaba o se casaba sin agüero, y había domingos en inglés en los que las personas comentaban en sus grupos las altas temperaturas y circulaban los chismes en furor, muchas veces relacionados con esa calentura de los parroquianos. Los ilustrados hacían comentarios en los que usaban expresiones compuestas con las primeras letras en Mayúscula, a veces incluso en negrita, para referir algún tecnicismo de física II como entropía o fisión (quizá fusión, no estoy seguro), o una expresión que le habían escuchado a alguien, quien ya sea por edad o dignidad, consideraban situado peldaños más arriba en la escala de la imagen que tenían de sí mismos. 

Los asalariados y promotores, asesores y restauradores, la gente común y corriente, y casi el resto; pululaba del asombro al estupor, al que gradualmente se terminaba acogiendo, y en medio de la calma estrepitosamente eran poseídos por la euforia que los enviaba a un bucle infinito de sentimientos inexplicablemente sincronizado. Medio pueblo comentaba el calor y luego lo renegaba, alcanzaba un pico en que maldecían a los dioses y demonios; quienes a su juicio orquestaban un plan en dichos mortales para dejarlos invisibles y sin aliento. Otras veces, agradecían tener un tema lo suficientemente neutral para salir bien librados de cualquier conversación. Por ejemplo, un señor, que le decía guineo indistintamente al plátano dominico harton, al banano Paradise o a cualquier baya tropical; dijo que ni en su tierra se sentían las fogosidades que emanaban de esas montañas, luego de que un par de señoras encopetadas le negaran un efusivo saludo.

Pasado un corto periodo de tiempo, nuevamente, al unísono los habitantes parecían entender la inminencia del clima, la necesidad, la impotencia, el ciclo; y se resignaban al punto en que un optimismo hipócrita y ansioso los hacía presumir esos sofocos que según ellos despertaban el más profundo deseo carnal y lascivo que los distiguía de los habitantes de otros pueblos de la región. De la otra mitad, ni vale la pena hablar, pues quien me contó la historia, uno de esos ilustrados encopetados que sólo me miraba por encima del hombro mientras hablaba con ademanes y musarañas que no comprendía por el sofoco del ambiente en la desolada plaza -y me hacía pensar que estaba en el jodido pueblo de su historia- me dijo también que usualmente el calor escondía a estas personas, las hacía invisibles como inversamente el desierto recrea espejismos y oasis a los aventureros extraviados que no pierden la esperanza y crean la realidad, así les cueste la propia vida. 





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