miércoles, 19 de noviembre de 2025

El arte universal de Chamar a Poti

Hay temas de los que uno no habla cuando está de visita o con personas que apenas conoce, pero que a veces surgen de manera sutil -o profundamente humana- en el medio de un viaje o de una fiesta, y aunque todos intentemos evadirlo por decencia o por tabú, a causa de la ley natural de la vida terminan emergiendo, como esos submarinos de películas que aparecen de la nada.  En el instante en que hay que Chamar a Poti (Que en portugués se diría algo así como: Sháma a Pochí) se abre una minús-cula posibilidad de recordar lo que significa compartir el mundo con otros seres humanos que respiran, comen, sueñan, lloran, duermen… y cagan.

La historia de esa expresión, o mejor dicho verbo, adjetivo y ¡onomatopeya!, comenzó en Rio de Janeiro. En la casa en que vivíamos, O Clube do Chapéu, solíamos recibir visitas concurridas del amplio círculo social que teníamos por esos días. Poti (vamos dizer: Pochí) había venido con alguno de nuestros amigos da Rocinha. Sonaba la música, se servía caipirinha y se sentía esa vibe do morro Carioca que da pique. Había pasado rato sin saber de Potí, y los amigos empezaron a extrañar. ¿Dónde está Poti? Cadê a Poti? Chama a Poti!, Chama a Poti!. Cuando bajaron al primer piso, había silencio, que fue irrumpido por el sonido de la descarga de la cisterna. El baño se tapó pero no supimos sino hasta el guayabo del día siguiente, pero la fiesta siguió como si nada. Ja ficou a galera sabendo do asunto.

Manuel, era amigo de Dani. Era un español de la mar, tenía un velero-catamarán y viajaba en el por el mundo. Venía de Europa (digamos Palos de Moguer) y hacía una parada en Rio para seguir a Buzíos y recoger a los tripulantes con quienes seguiría su rumbo a las Bahamas. En su paso, nos invitó a navegar. Vimos la bahía de Guanabára y pasamos por detrás de las Islas Cagarras, estuvimos frente a O Vidigal, desde una perspectiva nunca antes vista -suspiro-. La única advertencia sobre el paseo, aclarando que un catamarán no es propiamente uno de esos yates que se estrellan en Cholón, sino mas bien una especie de bicicleta marina, donde la pericia humana y las condiciones del ambiente determinan gran parte del recorrido, fue la siguiente: "Tíos, podéis hacer lo que queráis menos cagar en el retrete". Avanzada la tarde, Poti buscaba cautelosamente a Manuel, para decirle algo en voz baja. Su cara lo dijo todo, y es que seguro tuvo más problemas que nosotros, porque destapar un baño en tierra firme no es lo mismo que hacerlo flotando ahí cerquita de Paquetá.

Años después, estuve en un lugar lejano del piedemonte llanero. Como diga usted, a 4 horas en carro de Villavo, más 3 por destapada y otras 2 horas más a caballo. Por allá se proyectaba la construcción de un puente metálico, para personas y caballos, sobre un caudaloso rio que terminaría tributando al Orinoco. En la casa donde me iba a quedar vivía una pareja y tenían de visita a dos hombres adultos y una niña. Terminamos la tarde leyendo en voz alta un libro de cuentos de la selva de Horacio Quiroga que llevaba en mi morral. Cuando recordé a Poti, me fui al monte, estúpidamente hacia abajo y cerca a la quebrada. Intenté ser rápido, y al regresar venía apresurado el señor de la casa con un palín en la mano, diciendo en voz alta que se le había pasado comentarlo, lo del protocolo rural del No. 2 y la advertencia de que no me fuera a ir cerca de la quebrada. Pero el daño ya estaba hecho. Ya saben que cuando lleguen a una casa rural y no haya baño, simplemente deben pedir la pala.

Luego, por allá en un Semana Santa pospandemia, llegó la "Expedición Austra 2021" en bici desde Rio hasta Jardín. Yo, por una lesión de días anteriores -en la puesta a punto para la travesía- no pude irme con el pelotón, y me encomendaron la encomiable labor de llevar el Suzuki SJ-410 de Pelanas. Para decirlo en pocas palabras, conduciendo el carro de mis sueños en un parche inmejorable, así no fuera pedaleando. Iba encaravanado con un amigo de toda la vida, de quien mejor no diré su nombre y que entre sus frases célebres tiene: “Al culo nadie lo manda”. Antes de llegar a Peñas Blancas en una parada técnica me preguntó -parce ¿tiene papel?- No nada, le respondí. Nos acercamos a una casa campesina de esas de pared blanca, zócalo de colores y teja de barro, y con la cara casi sonrojada, desde la distancia él preguntó: ¿Doña usted nos podría regalar papel higiénico?. Con la amabilidad típica de la gente de por allá, dijo de una que si. Sin embargo, se acercó un poco más a la chambrana y como quien ofrece agua fría en tierra caliente o quien tiene claros los protocolos rurales humanos por encima de la formalidad citadina nos dijo: 

“Pero si prefieren pueden usar el baño”. 

Estas historías, me hacen pensar que al final hay mucho que aprender de quienes perciben el mundo desde la naturaleza humana y lo universal; quienes entienden como la empatía nos une e iguala por encima de las diferencias y formalidades del mundo contemporáneo que va a mil. 






viernes, 11 de julio de 2025

Chapas de la Quinta

 -el apodo como la forma más corta de una larga historia -

La Quinta se desprende como los lloraderos del cerro y baja por el pueblo siguiendo la cuenca del Río Cauca -que pensaba era el Rio mas grande e importante del mundo cuando tenía unos cuatro años-. Por eso, La Quinta no es cosa menor: desde el Ingrumá hasta la Aguacatala, es como si fuera una arteria de vida e historias. No por nada corre paralela a la Calle del Comercio, la más prominente del pueblo. Pero la quinta no quiere ser la Novena, y mucho menos pasar por La María. Ella tiene su propio ADN, su manera de marcar a cada habitante. Yo, por ejemplo, recuerdo esta escena bajando por La Quinta con mi mamá y el viento:

“—¿Qué más pues, Macho Viejo?

Él asintió con la cabeza, sin decir palabra.

Entonces mi mamá me miró con leve desaprobación, e intentando rectificar le dijo:

—Buenos días, Jaime Andrés, ¿cómo está?

Él la miró con un leve sobresalto, y le respondió sonriendo como un niño pillado:

—Profe, ¿cierto que yo me llamo Jaime Andrés?"

 

La Quinta comienza al pie del cerro, por donde vivía la Bombi, una ex con la que varios -muchos- de mis amigos me hicieron la de Morombia, o sea: el cajón. Más arriba por la rampa, una de las entradas al cerro vivía “La Amiga” un amigo de Maldito. Y bajando por las escaleras, vivió el Wey, que fijo también le hizo el cajón a alguien en algún momento de la vida. Cuadra y media abajo, Chigüiro; y de esa esquina hacia el parque Pintadito, subiendo hacia la bomba vivió el Italiano, que tiene una historia con la Bomberita, que jmmm, mejor sigamos. 

Mas abajo, donde se cruza con la Sexta, recuerdo a Feto, -le decían así porque tenía la nuca gruesa y no podía mirar hacia los lados-. Y más hacia el parque, el negocio de Comeparao. En la parte posterior, ya para el lado de la séptima don Jaja (Q.E.P.D.), profe de Castellano y manager del equipo de futbol del colegio, que aun en 11° nos hacía dictados en hoja de bloc rayado y no dejaba que llamaran a nadie por el apodo: a Zarco le decía César Augusto, y a Hormiga, Camilo José.

En la 72, existían tantas chapas que, a veces los nombres reales ni se decían. A muchos se les había olvidado el que aparecía en la cedula. La gente del parque de arriba decía que pasar por ahí era peligroso, pero yo nunca me sentí inseguro bajando de la Plazuela hacia la Gallera. Recuerdo chapas como: Máxima, Cholo, Cascón, Jiménez, Pirulo, Morgan, Vargas, Pistacho, Tauro, y por supuesto a Macho Viejo. Cada uno tenía su historia, como si el nombre les diera permiso de ser algo que el determinismo no supo prever. A mi mamá nunca le gustó decirle a nadie por el “sobrenombre”, porque -decía-: “Que falta de respeto, para eso le pusieron un nombre a uno cuando nace”. Era de las pocas personas que sabía, por ejemplo, que Máxima se llamaba Jhon Alexander, y Macho Viejo, Jaime Andres.

Más abajo, en toda la esquina en una casa linda de bahareque, -híbrida entre casa típica antioqueña y palafítica chocoana, para nivelar la diferencia de nivel entre la Quinta y la Décima- vivía Chochín (de quien espero después poder contar la historia), o fonéticamente: SHHH shhh. Se iba para el colegio con Chori y Piolín. La casa de MarioBala, era casi diagonal, como al frente de la casa de Ciro. Siguiendo la ruta del agua, en otro barrio -que luego se partió en dos: el Banqueo y la Nueva Granda-, porque se ganaron el premio al mejor alumbrado de velitas y se pelearon en la repartición, vivía Pipeye, sobrino de Gentiu

De Gentiu decían que tenía un rombo en la cabeza, porque cuando jugaba fútbol intentaba cabecear y la mandaba al guayacán de la casa de Guri, también conocido como Guripan o Pocelano, hermano de Marrano. Ambos eran tíos de Machita y de Chasis, y vecinos de Travesuras. A la vuelta vivía Freshman (ese sí era su nombre de nacimiento), y más abajito: a la vuelta, la Chusca. En esa época le decían así porque era chusca y hoy que somos grandes, con mis amigos concordamos en que sigue siéndolo.

Estas sólo son solo algunas chapas de la Quinta. Se podrían hacer recuentos de otros barrios, o de los colegios, los equipos, familias, los parches o incluso de otros pueblos vecinos. Porque a veces los apodos se enraízan más en la memoria que el nombre propio. Como si fueran territorios. Hay quienes habitan el nombre oficial, y quienes se quedan a vivir en el apodo y lo hacen parte de su forma de manifestarse en el mundo. Algunos quizá odiaron su chapa; otros la acogieron más que a su nombre de pila. Por eso no podría asegurar que nos define más: si el nombre que nos dieron al nacer o el que nos pusieron en la calle.  Como si Macho Viejo invocara a una persona y Jaime Andres a otra totalmente diferente.

 

martes, 2 de abril de 2024

Una ciudad de clima caliente

Ahora que la ola de calor parece estar llegando a su recta final, hablar de esta ciudad deja de ser cruel, aunque ahora pueda ser sarcástico, así algunas personas, principalmente esas que no logran leer fielmente a su interlocutor no perciban la diferencia de lo uno con lo otro. Por eso, hablar del clima es un tema trivial y a la vez útil, insulso y anodino como la carta Comodín cambio de color del Uno, que ni siquiera sirve para ganar la partida o endosarle +4 al siguiente turno. Me ha pasado con algunas conversaciones fatigantes e innecesarias que después de toda maniobra sutil, no logré evadir; comentar el calor que ha hecho termina siendo la salida política y meteorológicamente correcta para no llegar hasta la crueldad y el sarcasmo. Algo así como usar el comodín para pedir el rojo, cuando el juego ya está en ese color. 

Según me contaron, ésta era una ciudad de clima templado, donde hacía calor, pero la gente siempre era más bien tirando a caliente, no calentana, ni mucho menos. En los patios y en las calles, cuando el sol estaba en el punto más alto, hacia un fogonazo ensordecedor, como si las personas y los perros callejeros, y las hormigas fueran como hormigas siendo atacadas por la refracción solar de la lupa de un niño con gafas de marco de pasta verde, grueso y antiquebraduras, de unos 8 años, que todavía creía en el ratón Pérez, pero se peinaba cachitos con gel y una tarde nublada le gritó a su abuela: no me grite vieja hijueputa que usted no es mi mamá. 


Había días impares, a los que no se les tenía superstición alguna, los miércoles se cortaban las uñas sin problema y era normal que el chance cayera un día 13 para más de un tahúr. Los martes, la gente se embarcaba o se casaba sin agüero, y había domingos en inglés en los que las personas comentaban en sus grupos las altas temperaturas y circulaban los chismes en furor, muchas veces relacionados con esa calentura de los parroquianos. Los ilustrados hacían comentarios en los que usaban expresiones compuestas con las primeras letras en Mayúscula, a veces incluso en negrita, para referir algún tecnicismo de física II como entropía o fisión (quizá fusión, no estoy seguro), o una expresión que le habían escuchado a alguien, quien ya sea por edad o dignidad, consideraban situado peldaños más arriba en la escala de la imagen que tenían de sí mismos. 

Los asalariados y promotores, asesores y restauradores, la gente común y corriente, y casi el resto; pululaba del asombro al estupor, al que gradualmente se terminaba acogiendo, y en medio de la calma estrepitosamente eran poseídos por la euforia que los enviaba a un bucle infinito de sentimientos inexplicablemente sincronizado. Medio pueblo comentaba el calor y luego lo renegaba, alcanzaba un pico en que maldecían a los dioses y demonios; quienes a su juicio orquestaban un plan en dichos mortales para dejarlos invisibles y sin aliento. Otras veces, agradecían tener un tema lo suficientemente neutral para salir bien librados de cualquier conversación. Por ejemplo, un señor, que le decía guineo indistintamente al plátano dominico harton, al banano Paradise o a cualquier baya tropical; dijo que ni en su tierra se sentían las fogosidades que emanaban de esas montañas, luego de que un par de señoras encopetadas le negaran un efusivo saludo.

Pasado un corto periodo de tiempo, nuevamente, al unísono los habitantes parecían entender la inminencia del clima, la necesidad, la impotencia, el ciclo; y se resignaban al punto en que un optimismo hipócrita y ansioso los hacía presumir esos sofocos que según ellos despertaban el más profundo deseo carnal y lascivo que los distiguía de los habitantes de otros pueblos de la región. De la otra mitad, ni vale la pena hablar, pues quien me contó la historia, uno de esos ilustrados encopetados que sólo me miraba por encima del hombro mientras hablaba con ademanes y musarañas que no comprendía por el sofoco del ambiente en la desolada plaza -y me hacía pensar que estaba en el jodido pueblo de su historia- me dijo también que usualmente el calor escondía a estas personas, las hacía invisibles como inversamente el desierto recrea espejismos y oasis a los aventureros extraviados que no pierden la esperanza y crean la realidad, así les cueste la propia vida. 





martes, 6 de febrero de 2024

La historia de Travesuras

Comienza con la historia de una prima. No diré su nombre, es innecesario, aunque quienes nos conozcan fácilmente podrían sacarla. En todo caso es que corría el año 2004, tiempo en el que, como ya se ha hablado, se compraba la leche después de que la bajaran de la tierra fría en cantinas de acero inoxidable para venderla menudeada en casas de familia que eran ventas de leche en la mañana.

A los mas pequeños los mandaban por la leche, y desde la ventana colonial de la Casa Grande, antes de las 8:15 empezaba el desfile de los bejamines de las familias del barrio Carabobo, Curramba y sus alrededores a circular hacia donde doña X la abuelita de Kevin ahí en toda la calle 10 con novena, empezando a bajar la falda de la galería. 



Entre esos mandaderos estaba Travesuras, un negrito bajito, crespo y langaruto parecido a “chupa sangre”, tan parecido que uno diría que emparentados estarían, y a quien no llamaban Travesuras por ser un Tom Sawyer imgruamensis sino porque hace mucho tiempo en una aglomeración de muchachos de pueblo en el parque de abajo, justo cuando todos se callaron, por decir Travesías, la vereda donde vivía Travesías, terminó diciendo en un costoso lapsus: Travesuras. 


Como cuando los astros de desalinean, la inminente cruz de la “chapa” lo bendijo eternamente con ese apodo. Así como a Vicente lo pusieron así por visajoso, a la Asesina por el coraje de haber bailado en soliloquio esa canción de la Factoría en un evento en el coliseo del colegio o a Meia por nunca haber podido decir media con la cadencia suficiente que requiere la pronunciación de la d. 

Travesuras vivía enamorado de mi prima, y cuando se la encontraba por la calle 10° o por el parque donde no pudo decir Travesías o por la iglesia, porque al igual que "chupa sangre" era aprendiz de sacristán, no desaprovechaba la oportunidad para exaltarle la belleza y cortejarla de maneras que hoy serian quizá políticamente incorrectas para este mundo tan progres y conservador al mismo tiempo.

Desafiando temerariamente la compostura que sugiere la Urbanidad de Carreño en su numeral XI del Artículo IV Del vestido que debemos usar dentro de la casa; yo, por supuesto sin bañarme, ventaneaba en la Casa Grande cuando apareció la inconfundible silueta de Travesuras a contra luz subiendo porla carrera 10°, y con perfecta sincronía convergió con la figura de mi prima saliendo a la otra ventana. Como siempre, él dijo lo suyo. 

Un rato después ella tomó la misma ruta hacia donde doña X, y al giro de la esquina ya venia Travesuras con sus 3 botellas de leche en la olla de agarraderas. Travesuras dijo lo suyo nuevamente, porque quizá no tuvo una lectura clara de su desventaja táctica, subestimó la determinación de una mujer enojada o simplemente por que al ser un hombre de fe, actuó así: sin miedo al éxito. 

Mi prima, seriamente molesta por la impertinencia de Travesuras. Lo increpa. Le pide que la respete y que deje de atormentarla con sus piropos de poca monta. Él, no es que haga mucho caso, o tampoco le interesa. Ella se acerca un poco más, pero no logra imponerse. Hay un manoteo sutil, y después de un jalón y un empujón. Luego, veo caer desde la ventana colonial de la Casa Grande, esas tres botellas de leche, servidas con el cucharón al que también por acto de fe le debíamos creer que servía 750ml exactos contando lo que se regaba, lenta y cremosamente, como si fuera un comercial de lácteos del Canal A.

La cara de sobrecogimiento e impresión de Travesuras, me hace pensar que en ese momento deberían decirle es Tristezas, porque ahora está este personaje, ahí cerca de la 10° con 10°, en el barrio Carabobo, acurrucado en la mitad de la calle, llorando con la cabeza entre sus rodillas, en medio de una isla de leche que dentro de poco va a comenzar a oler a lo que huele la entrepierna después de monta a pelo en un caballo bayo rosuceño de los potreros de La María. 

¿Será travesuras una víctima? o ¿Será un victimario por haber sido una víctima en otro contexto? No lo se. Lo que si se, es que es una escena de esas que no dejarán de sacarme una sonrisa burletera y cruel, como la que les debió haber sacado a ustedes si tuvieron la imaginación suficiente para ver Travesuras en este penoso momento que quizá no recuerde tanto como yo, hoy, veinte años después.


viernes, 20 de octubre de 2023

Escobar y Arango

La historia de la sociedad montañera del centro-occidente andino colombiano, podría contarse desde la relevancia e influencia de los apellidos y sus familias. En Rosúcio -por ejemplo- no es lo mismo haber nacido siendo un Bueno, que un Motato o un Naranjo o un Largo. Al mismo tiempo cualquiera de esos rosuceños, -dígase los nacidos en el pueblo como los que se dan el lujo de nacer en cualquier parte del mundo- también terminamos cargando con el peso de la oriundez.

Cuando el rosuceño, va a Manizales, sufre la frialdad elitista por no ser de la capital caldense, porque como dicen en Medellín, es que los manizalitas (cosa que me emputa, poque se dice manizaleños) se creen de oro. Pero en Pereira, la situación no mejora, pues el rosuceño es de un pueblo de Caldas; y tras de pueblerinos, sufrimos el humor negro de la “Capital del Eje” donde dicen que lo mejor de Manizales -dígase Caldas- es la salida para Pereira. Digo yo, ¿Qué necesidad de competir, si la potencia del eje cafetero es su integralidad diversa cercana a todas las regiones del país?.

En Medellín, la cosa se complica aún más, porque si los manizaleños son de oro, los rosuceños somos de sal, de mimbre y de guarapo, y es por eso que terminamos sacrificando ese acentico híbrido ejecafeteriano subiéndole 10 de volumen y de cantado: para poder pasar desapercibido en la sociedad pujante de la gente trabajadora. Aun así, ni los paisas saben quiénes son los paisas de verdad, si sólo los de Medellín, o también cuentan los de la ZMVA, o el "Antioquia Federal", pero en todo caso todos* los que seamos de mas allá de La Pintada o de Jardín NO SON PAISAS, entonces que se inventen otro gentilicio menos aesthetic y pegajoso.

Pero ahí no acaba el lastre de ser rosuceño, porque en Bogotá, cualquier ciudadano de cualquier municipio es simplemente un provinciano, incluso los Manizaleños de Oro, los capitalinos del eje o los Paisas Paisas. Porque los bogotanos, rolos y cachacos son de la única gran ciudad cosmopolita: La Atenas Latinoamericana que, entre otras cosas, mantiene a flote lo que queda más allá del rio Bogotá y los cerros orientales. 

Por eso el apellido se volvió como una carta de presentación, pero no para todos. Pues para un rosuceño cuya pasión era escribir sobre la jocosidad e idiosincrasia acaecidos en la cordillera cuando la carretera no había llegado de Anserma o para el hijo del otrora telegrafista de Andes que terminó fundando el movimiento filosófico y/o poético más vanguardista de la mitad del siglo pasado, sus obras y oficios se eternizaron de tal forma que los apellidos no fueron más que la sonoridad de unos nombres que viven más allá de las lápidas. 

Pensaría uno que, nacer siendo un paisa con dos apellidos de peso, son signo garantizado del éxito, que ese halo de ascendencia es como tener un escudo de titanio para encarar la vida y las fragilidades que asoman a lo largo de cada etapa. Pero ni todo Escobar y Arango vive del abolengo, ni todo Trejos es Riosuceño, ni todo Navarro vive en la tierra fría ni todo Moreno emigró para Guamal.

El peso de los apellidos se desvanece en el ambiente, cuando el mensaje del sujeto es su vida misma, entonces las acciones y palabras del día a día verbales y escritas son un testimonio vivo de lo que es la pasión y la convicción de la bondad humana y la posibilidad infinita de las sinergias que traen las pequeñas causas. Escobar y Arango es la carta de presentación fonética, pero el influjo, el ejemplo y la inspiración que emite un lider más allá de su ascendencia, es la raíz misma de lo que será su descendencia, no sólo familiar, sino el impacto de la transformación generacional que trae a Antioquia, al Eje Cafetero, a Toda Colombia.

Imagen generada en mediante Imagine AI Art Generator

*Valga la redundancia

miércoles, 19 de julio de 2023

Vía Vita: Sobrevivir a los 33 años y el encuentro con Jesús

Hace cinco mil quinientos años, cuando la prehistoria se preparaba para perder su prefijo “pre”, y los sumerios dejaban los primeros testimonios escritos de la aventura humana sobre las tablillas cuneiformes, consta una curiosa queja de los mayores sobre los jóvenes de aquel tiempo. Decían las figuras angulares repujadas en arcilla que: “las nuevas generaciones no quieren trabajar, y creen que el campo se cultivará sólo. Con esta juventud, a Mesopotamia no le queda más que esperar su decadencia”.

Unos miles de años después, el eco de las inconformidades de Sócrates llegó a nuestros días, permitiéndonos saber que pensó que la juventud de sus tiempos “ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y chismea mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se ponen de pie cuando los mayores entran al cuarto. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”.


Ya, en el 2023, avanzó por la avenida regional de Medellín, dominando cautelosamente, y por primera vez los 445 caballos de fuerza del cabezote de una
freightliner, que no por azar se llama Simona, y que quizá por esta razón, he recibido la confianza de pilotearla para poner un chulo “on my bucket list”. Con el radio en el dial de la emisora donde sonó el primer reggaetón en Colombia hace más de 20 años, una oyente, se queja en vivo de la desfachatez de las nuevas generaciones, afirmando que no se puede esperar nada bueno de unos pendejos “enchimbados en las sus pantallas”.

Acercándome al cierre de mis treinta y tres años, la edad en que resucitó Jesús, no quisiera dejarme llevar por la nostalgia de mi juventud para enjuiciar a los centenials que me dicen señor tal cosa, señor tal otra, o se comportan de una manera que mi adultez puberta me dificulta comprender, haciendo coreografías inverosímiles y deslumbrantes, tomando fotos desenfocadas o aesthetic y escuchando música de excéntricos artistas que aún no conozco. Hacerlo, sería deshonrar ese cuarto de hora que tuvimos, cuando nuestros padres pensaron como Sócrates, el sumerie o la radioescucha paisa, creyendo que estábamos al borde de la decadencia de nuestras propias vidas.

Hoy, cerrando mis treinta y tres años de vida, sintiendo que parece tan poco tiempo para vivir y a la vez tanto para haber vivido, me resulta imposible no recordar que a esa misma edad murió Jesús. Preferiría pensar que él no lo hizo por mis pecados, -los redimidos y los que inevitablemente cometeré-, porque a la luz de las circunstancias generacionales que me ocupan, me gustaría saber sobre su vida adolescente, de la cual se escribió muy poco. La persona que no era el niño colérico de 12 años expulsando mercaderes de un recinto ni el mártir coetáneo dispuesto a morir por nosotros en 14 estaciones del vía crucis que hoy misteriosamente recordamos ardientemente.

¿Será que bebió esa copa de vino de más que nos pasa de la sobriedad al estado ligero de alegría y elocuencia? ¿Habrá probado un poco de ganja para instigar su comprensión profunda y la compasión en los humanos en sus hipotéticos viajes a las tierras de Shiva? ¿Habrá sucumbido al deleite de los sentidos e intensidad de las emociones que sólo su cuerpo terrenal le podrían ofrecer? ¿Qué tanto de su vida nos dejaron de contar los libros y la historia, alejándonos de una poderosa fuerza universal que no solamente residía en Él? ¿Qué pensaban las generaciones reaccionarias de aquel tiempo, sobre las ideas revolucionarias que predicaba?

El vía crucis es el camino al calvario, pero el Via Vita es el camino de la vida, no solamente el camino para que Jesús llegue a nuestros corazones en su estado más puro, sino todas denominaciones y manifestaciones de la gran consciencia universal de todos los eones y lugares en que la desamparada humanidad ha habitado. Es la expansión de nuestro nivel de energía y de consciencia, es la pinta que nos trae del sueño. Es la verdad que cuida el cuerpo, la palabra, el aura y el corazón. ¿Dónde está el Jesús con la rebeldía adolescente y extasiada que siempre ha causado repulsión a los adultos y los viejos?

Vía Vita es el camino que sana el dolor para ser verdaderos, genuinos y auténticos, es la fuerza que acoge la incertidumbre como parte irremediable del camino, es la realización del trabajo productivo y el trabajo individual como fuente de significado. Vía Vita es Jesús hablando de manera coloquial, fuera de los templos, sonriendo y enseñándonos el lenguale del amor lejos de la instucionalidad y la monotonía inhibidora de la doctrina. 

Vía Vita es el camino para construir desde adentro la fe y confianza que necesitamos para estar más conectados con cada ser, cada objeto, cada elemento y cada plano de existencia como un todo, a medida que se abre el corazón a la vibración del universo que está fuera del tiempo y más allá de la piel que a veces pareciera, obstinadamente definir nuestro ser. 


lunes, 5 de junio de 2023

¡Hola Jesús!

Aturdidos e inconstantes…

La rebeldía del pequeño mundo perdido en la montaña, 

buscaba una respuesta desesperada.

La llama de la incertidumbre, encendió nuestras antorchas,

irrumpimos las barrocas puertas de madera,

y, como si fuera una venganza incomprendida

prendimos fuego a aquel pasado y sus cadenas.

Tras el destello efímero de la victoria,

que a su paso nos encegueció, calcinando brújula y mapa

restamos huérfanos y desnudos bajo las estrellas:

una nueva oscuridad, atroz y desafiante. Solitaria.

A tientas, entre los escombros, apilamos signos y señales,

algo debía sobrevivir al vacío,

una fuerza superior nos sometió,

nos hizo perder la noción del tiempo.

Antes del alba, un aura de fe y confianza 

se tejió lentamente sobre nuestros seres.

Cuando el sol llegó a ponerle fin a la larga noche

Él, caminando sobre el agua se acercó,

Con una sonrisa divina y fulminante de amor incondicional,

nos enseñó a decir para nuestro interior:

“Yo soy Amor, Yo soy el camino”